Vivir en la cuesta

H.

Francisco Javier Zudaire

Diario de Navarra

Como dice esa gente que viene a complicarte el día con eso de tengo dos noticias, una buena y otra mala, que ya se les nota a la legua su desbocado interés por decirte la mala..., pues, eso, que yo también tengo, para este cuestionable mes de enero, dos noticias. La buena es que ya no existe la temida cuesta de enero, y si existe, no se habla de ella, y de lo que no se habla, no debe preocuparse nadie. No está, ni se le espera. ¿Alguien ha oído que van a subir los sueldos?, ¿verdad que no? Eso es porque no los van a subir, por eso no se habla de ello. Con la cuesta, lo mismo.

Y mira que dio guerra. La verdad es que nos la fabricábamos nosotros mismos, era como la resaca de las fiestas de Navidad, donde se estiraban más los turrones que la cartera. En algún tiempo no se hablaba de otra cosa en este primer mes del año, y todo el mundo se preparaba para hacerle frente, a la cuesta, y llegar en condiciones más o menos presentables a febrero, que encima venía cortito y era mes para comenzar a vislumbrar el marzo prometedor.

Porque, si bien se mira, ¿para qué sirve enero? Más allá, por supuesto, de comenzar la cuenta que nos llevará al ansiado verano y a la explosiva primavera.

Es verdad que sin él no quedaría completa esa canción tan de aquí que cuenta los meses por días hasta llegar al 7 de julio y que, también, nos veríamos privados de su aportación a las conversaciones socorridas sobre el tiempo, en el apartado del clima. ¿Cómo saldríamos vivos de un ascensor, si nos faltara el recurso del tiempo?

Otra cosa, no, pero enero es puro invierno.

Curiosamente, comienza a alargar el día, pero es preciso que alguien te lo certifique por escrito para creértelo porque no se nota apenas y las tardes siguen siendo mangas de chaleco. Son días de soñar mares y soles, playas y calores, mientras ves caer el agua helada o alguna que otra nevada. Que son menos espectaculares cada vez, cierto, pero siguen inspirando a los románticos, a los fotógrafos, así sean ocasionales, y fastidiando el tráfico rodado. Igual que si fueran de aquellas de antes, de las de verdad.

De hecho, junto a diciembre y febrero, enero es el único mes que nos recuerda levemente los gélidos inviernos del siglo pasado. Será el calentamiento, pero nada es lo que era ni sombra de cuanto fue.

Y hablando, hablando, me he olvidado de la noticia mala. Ésta es muy fácil de entender, si se atiende al proceso económico que nos zarandea a su antojo. No hace falta estudiar a Keynes. Aseguran que la economía es cíclica, como las vacas oníricas del faraón, flacas y gordas, interpretadas por José. Así que será verdad: este vuelta y vuelta nos viene de muy antiguo.

Ahora, después de disfrutar de la suprema calidad de vida, de los créditos a mansalva y del prolífico ladrillo, estamos en el otro lado, una especie de crisis soterrada que, tras presentar su cara más dura, no acaba de irse. Seguimos notándola y padeciendo sus consecuencias. No hay mejor termómetro que el carro de la compra y el esfuerzo que supone tapar su esqueleto con los productos adquiridos.

Quienes manejan los hilos han hecho un esfuerzo- económico, por supuesto- en propagar la especie de que la crisis es ya historia. Han gastado mucho más en esparcir esa propaganda que en combatirla. Pero, frente a los bares abarrotados a la hora del vermú, hay números que mantienen la alarma y avisan de que la tormenta no acaba de escampar.

Un dato evidente, y podríamos citar muchos otros, es el poder adquisitivo. Hemos perdido mucho poder adquisitivo desde 2008. Calculan que, sólo en los dos últimos años, el salario medio ha visto reducido su poder de compra en un 2,3%, y eso en euros se traduce en 469 (publicado en prensa). Casi nada.

Y no se ven trazas de recuperar el potencial extraviado, lo cual nos lleva a proclamar que seguimos con el bolsillo metido en problemas de liquidez. Por eso, precisamente, no existe la cuesta de enero, porque ya estamos instalados todo el año en ella; de forma que la alegría por no sufrirla se nos va al traste ante el reto de vivir permanentemente en plena escalada del Tourmalet.

Eso sí, cada vez se habla menos de la crisis: empieza a ser una más de la casa.