Un sueño colmado en Arce

H.

Alicia Mendive y Luismi Montoya, pedagoga e ingeniero, dejaron Pamplona para empezar de cero con un agroturismo en Villanueva de Arce, 19 habitantes y seis niños que sustentan el censo

PILAR FERNÁNDEZ LARREA / DIARIO DE NAVARRA

Como os vais a ir con lo bien que estáis aquí?, les dijeron en casa. Y a menudo veces han escuchado que dejar la ciudad y un trabajo estable para empezar de cero en un pueblo fue una decisión valiente. “Bueno, tal vez lo valiente es seguir donde uno no se ve”, reflexiona Luismi Montoya Ortigosa, 46 años. Con su pareja, Alicia Mendive Arbeloa, de 49, fue tras un sueño que han colmado en el valle de Arce, en Villanueva, 19 habitantes, donde abrieron un agroturismo ampliado en 2007 con una casa más y hace cuatro años con una cabaña en un roble.

“Sobrevivimos, pero es lo que queríamos”, apunta Luismi que el negocio no abulta la cuenta corriente, pero les permite un modo de vida tranquilo, en la naturaleza, donde los milanos asoman casi como un vecino más y los bosques abiertos al horizonte apaciguan las miradas más exigentes.

Alicia y Luismi nacieron y se criaron en Pamplona. Ella pasaba fines de semana y veranos en Navaz, donde sus padres alquilaban una casa; él se recuerda pensando siempre en tierra Estella, donde tenía tíos con los que gozaba de la agricultura. Ella estudió Pedagogía y trabajaba como consultora turística; él Agraria, primero, e Ingeniería Agrónoma después, era montador en el teatro Gayarre y en Baluarte. Siempre le gustaron los pueblos. “Pero vives en Pamplona y te metes en su dinámica y empiezas a olvidarte de tu sueño”, explica.

Cuando se conocieron la posibilidad de dejar la ciudad emergió. Recorrieron Navarra durante cuatro años. “Hacíamos un círculo con un compás desde Pamplona, empezamos cerca, pero los precios eran imposibles y nos fuimos alejando”, describe Alicia. Dejaron carteles, teléfonos, contaron su propósito, hasta que les hablaron de casa Mari Cruz, en Villanueva de Arce. “Llegar a un pueblo tan pequeño es difícil, eres un intruso, un actor nuevo en un lugar donde los papeles están definidos de tiempo atrás”. “Pero nos acogieron bien, siempre nos han ayudado. Convivimos. Nos enamoramos de este lugar en la montaña, alejado de la carretera. Los caseros se han portado tan bien con nosotros, a veces la vida te da palos, y otras te lo pone de cara”, cuenta cómo se instalaron y abrieron el agroturismo en 2000.

Era el desembarco de internet y mientras los turistas iban aún con la guía de las casas rurales en la mano, ellos comenzaron a navegar y a tratar de posicionarse en la red. De ese modo, durante los primeros años la ocupación superó el 70%. Compraron luego una casa en ruinas al lado de Mari Cruz e inauguraron el segundo alojamiento. “Inauguramos la casa y la crisis económica”, ilustra el declive Luismi. No fue solo económico, también tambaleó el sistema de reservas y difusión en internet. Plataformas multinacionales como Booking controlan el mercado, hasta el lugares tan recónditos como el valle de Arce, 264 personas en catorce lugares habitados, en la puerta del Pirineo. “Si antes era internet, ahora es imprescindible estar en las redes sociales, en todas”, enumera una serie. “Me gustaría pasar más tiempo en la huerta y menos frente al ordenador, pero es la manera de captar clientes”, indica, aunque suscribe el valor del boca a boca, que supone prácticamente un 35% de su trabajo. Sirven desayunos y cenas en ecológico y con productos de cercanía. Las cabras, ovejas, conejos o palomas que crían son una forma de granja escuela.

Los más jóvenes

Sus dos hijos, Ada y Noé, fueron los primeros nacimientos en el pueblo en 23 años. En 2004 y 2005. “Cuando llegamos, con 28 y 30 años, éramos los más jóvenes del pueblo. Ahora somos casi los mayores”, cuentan la inversión demográfica en escasas dos décadas. La población es escasa, pero no envejecida, “un ave rara en el Pirineo”. Seis niños de entre 5 y 15 años. Son el 31% de la población. Y Luismi cree firme que hay esperanza, que vendrán más personas dispuestas a anidar por allí.

Pero ayudarían algunos servicios, como el escolar. No hay Bachillerato ni Formación Profesional en ningún centro del entorno, tampoco en Aoiz, de modo que con 16 años Pamplona es la única opción de seguir estudiando. Ada y Noé cursaron Primaria en Espinal, en una escuela unitaria “maravillosa”. Según el mapa de Educación les correspondía ir a Aoiz. “Pero preferíamos esta opción, que además estaba más cerca, aunque tuviéramos que ocuparnos del transporte, estábamos más con nuestros hijos”, describe. Ahora estudian Secundaria en Garralda. Y luego están las extraescolares. Son complicadas las que requieren equipo, como el fútbol, pero faltan jugadores. O la danza que le gusta a la hija. “Sería ideal que hubiera 20 niños, pero no hay nada perfecto”, hilvana Luismi.

Hace cuatro años, gracias a un concurso de emprendimiento, y a la ayuda de muchos amigos, pudieron construir un cabaña en un roble centenario junto a su casa, es un dormitorio. “Y como la locura no tiene cura”, sonríe, planean construir otra en el monte.