Un leal servidor de Navarra

H.

JUAN-CRUZ ALLI ARANGUREN

Con la muerte de Juan Manuel Arza, todos los que le conocimos podemos afirmar que hemos perdido a una gran persona próxima y entrañable.

Particularmente, Marí Carmen y sus hijos a un esposo y padre, siempre pendiente y preocupado por ellos. Estella a uno de sus más notables hijos, que la vivió con el corazón y el trabajo. Navarra a un importante protagonista de su historia reciente, que demostró a lo largo de su vida su vocación de servicio. Lo hizo viviendo de su profesión y trabajo, que en todo tiempo compatibilizó con su dedicación pública.

Fue un hombre de bien que se entregó generosamente a causas nobles en la gestión municipal en la alcaldía de Estella y a toda Navarra como diputado foral y presidente. En esta faceta fue protagonista de la evolución socio-económica, cultural, ideológica y política, que vivió intensamente, comprometido en la transformación institucional frente a la decadencia de un sistema político superado socialmente. En su vida de servicio no todo fueron triunfos y rosas. Sufrió el desprecio y la incomprensión de los reaccionarios conservadores y la violencia de los que, desde otra perspectiva, atacan a quienes sirven a la libertad y al progreso de sus pueblos.

De toda su actividad he de recordar el intento, junto con Félix Visus e Ignacio Irazoqui, para que la Diputación procediera a su modernización y transparencia, incrementara sus competencias con la “reintegración foral” y liderara el cambio en Navarra. No fue posible porque el bunker franquista era mayoritario, pero su esfuerzo no fue en vano, porque terminó triunfando a la vez que lo hacía la Transición, de la que fue uno de sus precursores en Navarra.

Renovado su mandato como uno de los diputados democráticos, retomó el esfuerzo hasta lograr la democratización de las instituciones forales, la constitución del Parlamento Foral elegido democráticamente y, finalmente, el nuevo régimen del Amejoramiento del Fuero. A esta labor se entregó con todo su entusiasmo, con la mesura y prudencia del centrista, muy consciente de la trascendencia de superar el marco de la ley de 1841 para integrar a Navarra en el régimen constitucional de 1978, garantizando su identidad diferenciado y su autogobierno, con un régimen e instituciones propias, en continuidad con su historia.

Las circunstancias del momento le llevaron a servir a Navarra como presidente de su Diputación y a negociar con el gobierno de España la versión constitucional del derecho histórico del pueblo navarro a su autogobierno y a su libre determinación colectiva. Con amabilidad, respeto y buenas formas organizó los trabajos internos de los negociadores navarros, suavizó tensiones, hizo aportaciones y sugerencias, pidió asesoramientos, estudio mil propuestas y alternativas, implicándose a fondo en los trabajos. Quienes tuvimos la suerte de estar a su lado lo testimoniamos.

Donde destacaron su buen hacer y sus dotes de diplomático fue en la negociación del texto de la Ley de Amejoramiento. Se enfrentó con unos representantes estatales imbuidos de espíritu autonómico. Fue preciso mostrarles y demostrarles la realidad histórica, institucional y competencial de los “fueros”, buscando los modos para reconocerlos y renovarlos, integrándolos en el nuevo espacio constitucional. Tuvo en todo momento particular interés en dotar a la futura ley orgánica de un preámbulo que recogiese la historia y los principios forales, con sentido histórico, como instrumento interpretativo de la parte dispositiva. Muchos otros aspectos sobre las competencias históricas fueron incorporados por su insistencia en invocarlas como ejercidas históricamente.

Su labor fue tarea ardua, no sólo en la mesa de negociaciones, sino en las gestiones directas con las más altas autoridades del Estado: el Rey Juan Carlos, los presidentes Suárez y Calvo Sotelo, los ministros Martín Villa y Arias Salgado, los líderes de los partidos nacionales, etc. Simultáneamente tuvo, en el ámbito interno, que templar para evitar rupturas a quienes pretendían marcar su espacio propio y buscar la investidura de exclusivos defensores del fuero y de Navarra. El 8 de marzo de 1982 firmó el acta de acuerdo y, posteriormente, vio su aprobación por el Parlamento Foral y las Cortes. Su mayor satisfacción fue su firma por el Rey, que consagró su esfuerzo personal y el de cuantos habían intervenido con él, hombro con hombro, con el gran apoyo colectivo de todas las instituciones democráticas que aprobaron la Ley Orgánica 13/1982 de 10 de agosto.

Por eso y mucho más, en este momento de la despedida, todos cuantos hemos estado cerca, tu familia, amigos y muchos navarros que no te conocieron, te damos las gracias desde lo profundo del corazón. Unos por el amor que les diste en vida, como esposo, padre y abuelo; otros por amigos. Todos porque has sido una persona generosa con tu país, con tu tierra y con tu ciudad, y nos has dejado una obra bien hecha y un ejemplo de entrega y servicio a la sociedad en la política, sin envidias ni mezquindades.