Surrealismo sanferminero

H.

FRANCISCO J. ZUDAIRE

Ya me hubiera gustado iniciarme en el surrealismo de la mano de André Breton y su ‘Manifiesto’, pero no dicta uno su propio destino y, en esta ocasión, el ingreso en tan singular cofradía me sobrevino una tarde de junio cuando, siendo estudiante, repasaba las estanterías de un hipermercado en la Zona Franca de Barcelona.

Quería impresionar a los compañeros de piso con unos canapés originales para celebrar la verbena de san Juan, y a mis manos vino a parar un botecito de cristal con una especie de bolitas negras en su interior. Caviar de pobre. Miré, curioso, a ver en qué lugar se elaboraba el producto y descubrí que estaba hecho en Mañeru. Ya me dirán si eso no es surrealismo en bote. Yo ya había tenido un amago de contacto con el surrealismo cuando hicieron popular aquello de ‘Hacienda somos todos’, que también fueron ganas de promocionar esta corriente, pero las huevas de secano, aun siendo un sucedáneo, se revelaron definitivas.

Retomando ese ímpetu de realismo inquietante, nosotros, la cuadrilla, hemos ido en estos Sanfermines de originales, si eso es posible aquí. Hemos aguantado demasiados años alimentándonos unos a otros con el bulo hiperrealista de que estas fiestas dan para muchos ambientes y que, a determinada edad, se ven las cosas más pausadas, y se aprende a disfrutar de la fiesta infiltrado de enano entre los gigantes, viendo la salida de las peñas y bla, bla, bla...Una sarta de sandeces. ¿Alguien vio al paradigma de esta movida, el hombre que hizo de la literatura una ‘Fiesta’, a edad provecta, sentado y extasiado ante las marionetas de ‘Gorgorito’ o rodeado de críos? Pues eso.

Un día me planté ante la otra parte contratante y le dije: “Cariño, este año, la cuadrilla y yo vamos a intentar reencontrarnos con nosotros mismos durante tres días, una especie de búsqueda retroactiva y catártica en los escenarios de nuestra edad más estúpida y maravillosa. Será como un experimento surrealista y, si te parece, así lo llamaremos, ‘El Experimento’. Me miró, ella, y admitió: Me suda tu rollo, no me interesa, pero veo que te has trabajado la excusa, no como en 2006, cuando dijiste que te ibas de acampada a san Donato y te vieron en san Nicolás y san Gregorio, tus santos preferidos” (ella es así con su cristiano humor de santoral).

La inmersión ha sido increíble. Durante cuatro días (se nos fue un pelín la mano) hemos sentido el agradable olor de la fiesta, nada que ver con la peste a orines que te atufa cuando caminas en familia. Los camareros nos parecieron unos tipos estupendos, y eso que algunos fueron auténticos espadas del bajonazo especulativo; vimos el tendido de sol como el paraíso de Marx, una sociedad sin clases, todos pringaos, incluso con la paridad bien aplicada, igual de enguarradas unas que otros y, si querías, podías mirar al ruedo, donde parece que siguen celebrando un rito taurino. Igual que entonces.

En la primera noche hubo dos bajas, y eso sirvió para descubrir que, pasada la primera crisis, el cuerpo se regenera como cola de lagartija. Lo peor es amodorrarse sobre un contenedor porque esos días hay mucho daltonismo envasado, solo o con hielo, y te pueden meter en el cajón de ‘No reciclables’. Ahora bien, cuando nos encontramos de verdad fue a la hora de despedirnos, al comprobar que perdura algo de lo que fuimos, de manera que decidimos prolongar ese sueño pateado en las calles de la fiesta. No pudo ser. “Mira”, sentenció ella por la vía ‘whatsappista’, “llevas cuatro días sin aparecer por casa, tiempo me ha dado a pensar, y ¿sabes?, tenías razón. Yo también lo necesito, me voy con mis amigas. A reencontrarnos, ya sabes”.

Empiezo a notar la fuerza del experimento, como rebotada contra mí. Ella falta de casa desde hace 48 horas, y hoy he recibido otro mensaje suyo: “Cualquier día vuelvo, pon la lavadora”, dice. ¿Han leído alguna vez un manual de instrucciones? Juro que lo intenté, pero no pude pasar de esta frase: ‘Voltee botón rojo en posición invertida respecto al émbolo y dejar entrar agua hasta nivel A’.

Surrealismo de manual. Y ortodoxo, como el caviar de Mañeru.

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