Sé lo que estás pensando...

H.

SONSOLES ECHAVARREN / DIARIO DE NAVARRA

A veces parece que soy adivina. Una pitonisa de tres al cuarto de esas que saben qué va a decir su interlocutor. Pero sin bola de cristal ni pañuelo con moneditas doradas en la cabeza. Aunque en mi caso, no tiene mucho mérito. Porque mis contertulios más habituales son siempre los mismos. A saber: mi marido, mis tres hijos, mi madre, mis compañeras de trabajo, mis amigos o mi jefe. Y, claro, paso tanto tiempo con ellos que es sencillo saber que ese día les gustaría cenar una hamburguesa con pan de bollo y ketchup (a mis hijos), que le apetece que vayamos los dos solos a dar un vuelta aunque sea a la manzana (a mi marido), que qué horror el lenguaje inclusivo de ese mail que le acaban de enviar (a mi compañera), que el tema que le acabo de proponer le resulta interesante pero que ese día no hay páginas (a mi jefe) o que yo estaría mejor sin ese moño tan ‘cutre’, con el pelo suelto y maquillada (a mi madre). Mi marido a veces se asusta porque antes de que hable ya sé qué va decir, con qué tono y hasta con qué expresión (’ay, señor, señor’ es su favorita). Y lo mismo me preguntan mis hijos. “¿Pero cómo lo sabías, mami?” Ah, intuición de madre (muy lista) o, más bien, que ellos resultan muy previsibles. Pero, así como me es útil saber qué piensan los demás, me aterra que alguien pueda adivinar qué se me está pasando por la cabeza en ese momento. Y no porque tenga nada que ocultar... (¿o sí?) sino porque los pensamientos son lo más íntimo y privado que tenemos. Algo que, muchas veces, no queremos compartir con nadie. Ni siquiera con los más íntimos. ¿Que por qué cuento esto? Porque el domingo por la tarde (sí, los periodistas también trabajamos los fines de semana) entrevisté al matemático Humberto Bustince y me contó el último descubrimiento de su equipo que me provocó escalofríos: tres investigadores de la UPNA, expertos en Inteligencia Artificial, han logrado predecir el pensamiento de una persona con un 80 % de aciertos. La idea, utilizarlo en medicina de precisión con pacientes que han perdido temporalmente el habla (por un ictus, la metástasis de cualquier tumor al cerebro...) y que ese pensamiento pase directamente al ordenador o al teléfono móvil. “Pero no debería utilizarse para otros fines. Hay que legislar muy bien”, aclaraba Bustince. Si no, actuaríamos todos como el protagonista de la novela de John Verdon ‘Sé lo que estás pensando’. En la que un policía jubilado debe detener a un criminal capaz de leer la mente de sus potenciales víctimas para saber cómo se comportan y, luego, asesinarlas. Aterrador.

Pero no hace falta ser tan dramático. En la vida diaria también hay ocasiones que nos pondrían los pelos de punta. ¿Te imaginas que tu vecina, mientras subes con ella en el ascensor, se dé cuenta de que estás pensando qué mal le quedan esas mechas que luce orgullosa recién salida de la peluquería? ¿O que la madre de ese amigo de tu hijo fuera consciente de que no soportas lo pesada que resulta durante los partidos de futbito, cuando grita como una loca desde la grada? ¿O qué me dices de esa amiga tuya, a la que hace tiempo que no ves porque no te da la vida, y siempre que te llama para quedar le cuentas que te acaba de surgir un imprevisto, cuando realmente lo que quieres es tumbarte en el sofá? En fin, que no hay que ser tan sinceros. ¿No? Siempre me acuerdo de que cuando yo era niña mi madre me hablaba de las “mentiras piadosas”. “Cariño, a veces es mejor mentir que decir la verdad. Así no haces daño”, me aleccionaba cuando yo no quería invitar a una niña a mi cumpleaños y, entonces, le aseguraba que no teníamos sitio suficiente en casa o que mis padres solo me dejaban invitar a diez y, claro, ella no podía venir. Pero, buf, lo pasaba fatal porque ni entonces ni ahora sé decir que no.

Opino que una cosa es mentir (que, como enseñamos a nuestros hijos, es muy feo y está ‘muy mal, muy mal’) y otra que no tengamos libertad para pensar. En este punto me acuerdo siempre de la oración del ‘Yo confieso’, en la que uno se arrepiente por haber “pecado mucho” de “pensamiento, palabra, obra y omisión”. Lo de palabra y obra lo tenemos claro. La omisión (¿de socorro?), más o menos también. Pero ¿y el pensamiento? Porque, no sé si a vosotros os pasa, pero los míos van a mil por hora. Pensamientos que, muchas veces, resultan un tormento. Sobre todo porque se proyectan en el futuro y generalmente no ocurrirán. Pero ya nos han hecho sufrir. ¿Qué pasaría si me quedo en el paro? ¿Y si me pongo enferma? O aún peor, ¿y si me muero? Mientras hago la compra, me vienen a la mente los planes del fin de semana (’¿podré llevar al pequeño al cumpleaños en ese pueblo? ¡Aún no sé si el sábado trabajo por la mañana o por la tarde! Tendré que preguntar primero a mi jefe y luego llamar a una madre para que lo lleve en su coche’). Lo mismo me ocurre mientras conduzco (’¿le habrá subido al niño la fiebre? Si mañana no puede ir al colegio, tendré que borralo de la excursión. Ah, y de paso tengo que comprar jabón de lavadora. Me paro en el supermercado’). Así que, a veces, no sé ni cómo he llegado a los sitios. ¿Seguro que he pasado por la ronda? ¡No me acuerdo!

Como todos vivimos tan rápido, ahora está tan de moda el ‘mindfulness’ o la ‘atención plena’. Ese centrar la atención en la respiración y en el momento presente sin dejar que la mente viaje al pasado (para torturarnos con lo que ya hicimos o dijimos, que no tiene remedio) o se proyecte en un futuro que, probablemente, nunca suceda. Pero mientras, seguimos rumiando. Esos pensamientos con los que convivimos las veinticuatro horas (porque por la noche se transformas en sueños), que forman parte de nosotros y de los que no nos podemos librar. Aunque somos tan egoístas que los queremos para nosotros solos. Y nos aterra la idea de compartirlos con alguien. Aunque lo que barruntemos sea algo tan trivial como lo mal que le quedan las mechas a la vecina o qué pesada es esa madre que grita en los partidos.