Revelar entre fogones

H.

La mirada curiosa de Carme García de Ferrando

BEGOÑA RODRÍGUEZ / Colpisa

Vivian Maier se presentó como el gran descubrimiento en el mundo de la fotografía. Fue toda una novedad: la fotógrafa absolutamente desconocida que surgía, de repente, con una fuerza ferozmente arrebatadora. Y como si esa fuerza se extendiera por doquier, cada vez son más las mujeres fotógrafas, anónimas en su día, que salen ahora a la luz, y cuyo trabajo realmente deslumbra. Carme García de Ferrando es una de ellas.

En realidad, García de Ferrando, muerta en 2015 con casi 100 años, tuvo algo más de suerte porque llegó a saborear un poco de fama en la última fase de su vida, aunque sea ahora cuando más suena su nombre. Y ello lleva a una pregunta, que es averiguar por qué en los últimos años, como de repente, florece un ramillete de mujeres que fotografiaban casi en secreto. De hecho la revista ‘Inquire’ trabaja ahora en un proyecto sobre el tema. Para ellos, existen muchas sensibilidades que, “percatándose de la falta de visibilidad y las problemáticas específicas para el desarrollo de trabajos fotográficos realizados por mujeres”, han dado soporte y vía libre a nuevas propuestas y descubrimientos.

Entre las razones de este ‘ocultamiento’, los tópicos y los clichés culturales han sido, para algunas, un gran escollo. Este fue el caso de Carme García de Ferrando, hasta el punto que su segundo apellido ‘de Ferrando’ es el de su marido. Ella era ‘de’ Ferrando, y Ferrando prefería tenerla en casa “con la pata quebrada”... Ella misma contaba en una entrevista a Gemma Tramullas que su marido no llevaba bien su afición: “No le gustaba. Yo soy Carme García Padrosa y me puse su apellido, Ferrando, para firmar las fotos, para tenerle contento, pero ni así”.

Efectivamente, a su marido no le hacía mucha gracia lo de la fotografía; pero, sin embargo, Carme García continuó sacando fotos y guardando los negativos en cajas de zapatos. En una ocasión, le contó a Gemma que el matrimonio iba en coche cuando una piedra rompió el parabrisas, y su marido, enfadadísimo, comenzó a soltar tacos, mientras ella fotografiaba fascinada el paisaje a través de la telaraña del cristal cuarteado. Para ella, como bien dice Julio Carbó, “la mirada de artista es a la vez condena y bendición: o se tiene o no se tiene”. Y no le falta razón. O se tiene o no se tiene. Y no hay más. Y así, esa foto fue premiada en el diario soviético ‘Pravda’.

Además, tuvo la suerte de coincidir con grandes maestros de la fotografía, como socia de la Agrupació Fotogràfica. Allí estaban Català-Roca, de quien ella y su marido eran muy amigos y “que tenía su estudio al lado de casa”; Julio Ubiña, que le daba clases; o Miserachs. Pero cuando Tramullas le pregunta qué opinaban ellos de su trabajo, le responde: “Ay, nena. Entonces ni se miraba lo que hacíamos las mujeres”. Estaba claro.

Carme García Padrosa había nacido mujer en una España en la que la mujer era la hija, madre y esposa.

UN ANUNCIO

Cuando ella tenía 13 años, su madre se quedó embarazada de nuevo y la adolescente tuvo que ponerse a trabajar para ayudarla. Luego estalló la guerra. Antes de la contienda, había conseguido ahorrar lo suficiente para comprarse su propia cámara, una Baby Kodak, en cajita de baquelita que compró por 16 pesetas en la Barcelona de entonces. “¡Con estuche de piel y todo! Eso fue antes de la guerra, sí, cuando aún estaba soltera, pero hacía fotos desde niña. Siempre me gustó mucho el arte”.

De Ferrando trabajó también en un taller de encuadernación, cubría un turno en una fábrica de armas haciendo la espoleta de las balas de mortero, era donante de sangre “a cambio de un chusco” y hacía ropa para enviarla al frente. “Estaba tan agotada que cogí una tuberculosis que casi me cuesta la vida”. Pero nunca dejó de hacer fotos. Siempre llevaba la cámara encima. “Cuando mi madre murió de cáncer, en el 53, yo no quería quedarme en casa, necesitaba salir. Entonces vi el anuncio de un curso de fotografía para mujeres en la Agrupació Fotogràfica y me apunté. Pensé que si aprendía a revelar fotos en casa ahorraría dinero y podría hacer más”.

Y así fue. Revelaba las fotos en la cocina de su casa, haciéndose ella misma los líquidos de revelado. De ahí saldrían encargos, incluso desde Francia. “Pero yo quería hacer lo que a mí me gustaba y no que me dijeran lo que tenía que hacer”. Además estaba su marido...

Y retrató su mundo. Y como señala Olga Merino, “retrató la vida que pasaba en el asfalto”, el trabajo de los albañiles, el día en que colocaron la escultura de la Mercè sobre la cúpula de la basílica que lleva su nombre, la gran nevada de 1962... El tiempo pasaba y la vida cambiaba. A veces, no para bien. Y entonces retrató también a los yonquis que se pinchaban junto a la basura en los recovecos del barrio chino durante los años duros. Cuando bajaba las escaleras, la fotógrafa llamaba a las puertas de las vecinas, “y ellas, en un gesto de confianza, le abrían de par en par su cotidianidad para que la plasmara: la plancha, la costura, entretener a los niños, el rumor de una página pasada en el silencio”. La llamaron de agencias de publicidad. Pudo volar más alto, pero eligió otro vuelo, y “le pasó como al canario Antoni, al que retrató encerrado en la jaula”. Ella era ‘de Ferrando’.

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