Patinadores en busca del hielo

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Seis mil patinadores holandeses encuentran en un lago de Austria la pista que los suaves inviernos les han vedado en su país. Son los migrantes climáticos del deporte

ANTONIO CORBILLÓN / COLPISA

Patinar sobre el hielo es el pasatiempo nacional de los holandeses. Y ha tenido su manifestación más querida y concurrida en el Elfstedentocht, una excursión de un día que atravesaba once ciudades de la región de Frisia (norte de los Países Bajos) a lo largo de 200 kilómetros. Lo que empezó de manera casual hacia el año 1700 se convirtió en la gran reunión de los amantes del patinaje a partir de 1909.

Pero el cambio climático lo está trastocando todo. La gran prueba popular de los amantes del hielo solo se convoca cuando las aguas heladas de lagos y canales alcanzan los 15 centímetros de espesor. Desde su inicio en 1909, con protección de la Casa Real de los Orange-Nassau, hasta 1963 se pudo celebrar doce veces. Pero en los últimos 55 años apenas ha habido tres. La más reciente, en el invierno de 1997.

“Lo más hermoso de la vida es patinar en un piso de hielo negro, en el frío, escuchar los sonidos del patinaje sobre hielo en la naturaleza. Es mejor que el sexo”. Son las sensaciones que le cuenta el trabajador de banca de 53 años Wim Wiltemburg a la prensa de su país.

El caso es que los holandeses acumulan ya más de 8.000 días de abstinencia. Demasiado para la pasión que sienten por el equilibrio sobre cuchillas metálicas. Así que, igual que los flamencos sobrevuelan Europa para pasar el invierno en Doñana o el Cabo de Gata almeriense, los patinadores ‘tulipanes’ son ya los mayores migrantes climáticos del mundo deportivo.

Porque cerca de 6.000 aficionados se han desplazado al lago austríaco de Weissensee, en lo que se conoce como Alternativa Elfstedentocht. Se trata de un largo y delgado lago de 12,5 kilómetros de perímetro al que los deportistas dan 16 vueltas para recorrer los 200 kilómetros de recorrido de la prueba original.

Durante dos semanas el pequeño villorio de Weissensee, de apenas 750 habitantes, se convierte en una colonia holandesa. Es una auténtica peregrinación. Durante esos 14 días se organizan cuatro rutas para dar cabida a todos los ‘creyentes’. Un mal menor al que adaptarse si desean continuar con la tradición. Para ellos es un ritual iniciático similar al que disfrutaría un corredor de fondo en la maratón de Nueva York. “Nuestros lagos ya no se hielan pero llevamos esto en nuestra sangre”, explica en la web oficial Toine Doreleijers, una de las organizadoras del evento.

Riesgos y probabilidades

Pero ni siquiera el invierno austríaco ofrece plenas garantías. Los patinadores dan esas 16 vueltas manteniendo un ojo en el hielo todo el tiempo. Las grietas avisan en algunas áreas de que su fluir no está exento de ciertos riesgos. “Si un lucio se apodera de tus dedos, es que has caído a través del hielo”, avisaba jocoso un decálogo colgado en una de las redes de Facebook dedicadas a esta convocatoria.

Todo comienza de noche, en plena oscuridad, y termina también de noche. Once horas seguidas es el tiempo medio que necesitan los patinadores para completar su recorrido.

El pasado viernes se cumplió el mayor periodo de ausencia del certamen de suelo holandés. El sentimiento de orfandad se ha traducido en un libro, ‘8.070 días: Esperando el Elfstedentoch’, que presenta estos días por el país el historiador deportivo Jurryt van de Vooren. En sus páginas, el autor lo considera “el más hermoso de los eventos deportivos, de los que nuestro país es rico”.

Uno de los mayores campeones invernales del país le pone sentimientos. Erben Wennemars ha sido ocho veces campeón mundial y dos veces medallista olímpico. A sus 43 años, sueña con participar en suelo frisio. “Hay muchas personas que tienen medallas de oro. Pero, si ganas el Elfstedentoch, serás conocido por el resto de tu vida”, afirma el gran patinador.

Los científicos vaticinan el fin de los lagos helados

Los científicos avisan de que es probable que nunca más vuelva a celebrarse un Elfstedentoch en casa. Un informe de la Agencia de Evaluación Ambiental de los Países Bajos anuncia que la probabilidad de contar con las condiciones adecuadas se ha reducido del 26% anual (una vez cada cuatro años) en 1950 a un 6,7% en 2017. “Debería ser un incentivo para que los holandeses hagan algo respecto al cambio climático”, arenga el investigador Geert Jan van Oldenborgh.