“Necesito la ciudad para escribir porque en un pueblo pasa una salvajada de vez en cuando”

H.

Se prometió no escribir nunca una novela rural negra y lo ha incumplido: ha ambientado
‘No digas nada’, el sexto libro de la saga con Touré (su africano vidente-detective-chivato-gigoló-cabezudo), en un pueblo inventado del Pirineo navarro. Allí, Touré sigue teniéndolo difícil

LAURA PUY MUGUIRO / DIARIO DE NAVARRA

Jon Arretxe dice que le dan miedo las sagas porque las novelas de algunas que ha leído le han parecido repetitivas, prácticamente iguales unas de otras. “Y tienes que contar una historia genial para que el libro tenga cierto tipo de interés. Por eso me dan miedo”, indica. Y por ese miedo, en las seis novelas negras escritas del africano Touré -ya está atareado con la séptima-, ha llevado a su protagonista unas veces a África, otras a la frontera con Francia, a un pueblo del Pirineo... En el pueblo inventado de Orbe ha ambientado No digas nada (Erein), y por primera vez ha probado el llamado rural noir, aunque no volverá. “En un pueblo no pasa nada y la ciudad te escribe la mitad de la novela”. Al comienzo de su existencia literaria, Touré se hizo pasar por adivino. Luego ha sido gigoló, chivato de la policía, cabezudo... “Touré me da muchísimo. Le quiero con todos sus defectos e imperfecciones, y creo que el lector le ha cogido cariño”, explica recordando cómo le han llegado a presentar como “el primer detective negro europeo”. “Además, me ofrece las dos opciones que me gustan en la novela negra: la cruda y dura con toques de humor”, apunta Arretxe, nacido en Basauri (1963), residente en Arbizu desde 2004, doctor en Filología Vasca y licenciado en Educación Física y miembro de la AGAO (Asociación Gayarre Amigos de la Ópera). Tampoco en el pueblo al que huye en ‘No digas nada’ Touré resuelve las dificultades a las que debe enfrentarse como migrante.

¿Cuántas veces ha cantado el aria ‘Mache dich, mein Herze, rein’ que cita en la novela?

Esta aria es una de mis frustraciones. Es muy aguda, de bajo tirando a barítono, y yo soy bajo más bien tirando a profundo, me cuesta subir. Encima la intenté cantar cuando cantaba peor que ahora, en mis primeros años de estudiante de canto [ríe]. La he destrozado muchas veces. Igual lo reintento algún año de estos...

Entonces, incluirla en la novela, ¿era por quitarse una espina, por homenajearla, por...?

[ríe] No. Todos ponemos nuestras referencias musicales, de tipos muy diferentes. Yo ando bastante en la música clásica, la música lírica, y como todo lo conocido es de soprano y de tenor y parece que las voces graves no existimos, incluir esta aria ha sido un guiño, a parte de que es una obra que me encanta: La Pasión según San Mateo [de Bach] te pone la piel de gallina, y dentro de la obra esta aria es preciosa.

E invita a escucharla en un pueblo. A usted le llaman para hablar sobre los bajos fondos de la ciudad en la novela negra y ahora se marcha a un pueblo.

Nunca lo habría dicho. Había jurado que nunca escribiría una novela negra rural, y al final me he comido mi palabra. Y lo he hecho por variar: tenía cinco novelas negras con Touré, cuatro urbanas y una mitad urbana mitad africana, y quería hacer algo diferente, aunque siempre he sido contrario al rural y no me gusta.

¿Por qué?

No me emociona como la urbana. A la novela negra auténtica siempre le he visto esa necesidad de que aparezcan los suburbios, las alcantarillas, el lado oscuro de las ciudades... y eso, evidentemente, en un pueblo no existe.

¿Demasiada naturaleza?

Pero es bonita. Yo vivo en un pueblo de mil habitantes, rodeado de naturaleza, precioso, pero no me inspira para escribir novela negra ni para situarla. Así que me lo tomé como un desafío. La sexta de Touré tenía que ser diferente. Si volvía a lo de antes, igual la gente empezaba a decirme que estaba estirando demasiado el chicle o que era un poco forzado, y opté por probar con un pueblo. Y ahí sitúo la obra, en un pueblo inventado del Pirineo, una mezcla de Zugarramurdi y Vidángoz.

¿Y le ha costado?

He decidido que nunca mais. Me ha costado una pasada escribirla. Necesito la ciudad. Te escribe la mitad de la novela. Si callejeas y sabes por dónde, pillas una atalaya apropiada y, simplemente con estar con los ojos abiertos y los oídos alerta, te salen por todos lados personajes de novela negra cien por cien. En un pueblo no pasa nada, igual una salvajada de vez en cuando, muy de vez en cuando. Para otro tipo de novelas es muy apropiado, pero, desde el punto de vista de la novela negra, no voy a volver a un pueblo.

¿Pero le ha dado algo el pueblo?

Dolor de cabeza [ríe]. He estado bastante atascado. Llegó un momento en que no lo veía claro. Pero a base de mucho esfuerzo e imaginación ha salido. En el fondo creo que soy vago por naturaleza, y si no me sale fácil...

En siete años, Touré, que en su Burkina Faso no mataba ni a los escorpiones que le salían al camino, ha debido perder la inocencia para sobrevivir. Da un poco de miedo su evolución.

Touré era un santo. Llegó siendo un pobre pardillo, un africano de pueblo que viene para vivir mejor. Pero la vida le empieza a maltratar, le da de leches por todos lados y, aunque encuentra amigos que le ayudan a mantenerse en San Francisco, Bilbao, le pasan cosas tremendas, como que asesinen a su hija. La gran ilusión de los africanos, o de la gran mayoría, es primero ayudar a la familia mandando dinero, luego traerla o al menos regresar con algo de dinero para montar allí alguna cosa. Y Touré no es capaz de nada de eso. La mujer le manda a la mierda, su hija muere... y acaba de sicario, cuando al principio no mataba ni una mosca.

No he sabido muy bien cómo interpretar su evolución.

No he intentado justificar nada. Simplemente, mostrar una evolución que podría ser natural. Viendo todo lo que le ocurre, creo que es comprensible que llegue a ese punto. Otra cosa es que empatices con él. Y no estoy diciendo que Touré sea el bueno, ya que ni me pongo de su lado ni del de nadie. Solo suelto las cosas que pasan, y pasan cosas muy gordas. En las novelas anteriores aparecen marroquíes buenos y marroquíes malos, negros buenos y negros malos, blanquitos buenos y blanquitos malos. Que el lector empatice con quien quiera.

También aquí hay prostitución.

Aunque aquí es un poco de refilón, no puedo evitarlo. Aprecio mucho ese tipo de personaje, el de prostituta humilde que trabaja en las afueras de un pueblo del Pirineo o en La Palanca, las Cortes, en Bilbao, y que apenas sobrevive. Literariamente, me parecen unos personajes interesantísimos por todo lo que tienen para contar. He charlado bastante con ellas, en un local en Bilbao de la Asociación Askabide que les ayuda, sobre todo a las más necesitadas: les invitan a un café; les dan preservativos, si quieren; les aconsejan sobre cómo tratarse un problema de salud... para hacerles un poco más sencilla esa vida tan dura. Yo solía estar allí colaborando, sirviendo cafés, chocolate, lo que fuera, y escuchando historias. Es una fuente de inspiración tremenda, y siempre me han caído bien este tipo de personajes.

Otros se nota que no: el pastor que habla a Touré, un negro entre blancos, de la pureza de las ovejas latxas, un discurso el de la pureza de la raza que existe hoy.

Me da mucha rabia el racismo tan en boga con las extremas derechas de toda Europa, cogiendo tanta fuerza, con ese discurso facilón. Pero no puedo escribir una novela con rabia y prefiero soltar ciertos toques con humor.

Ha comentado lo que le costó escribir este libro. ¿Cómo se siente ahora?

Muy satisfecho. Me he quedado encantado de por dónde he tirado tras haber estado tan atascado. Porque yo no hago, como otros autores, un esquema de todo lo que va a pasar y lo voy rellenando. No me gusta escribir así porque, al saber qué va a pasar, pierdo el interés y la emoción por escribir. Escribo confiando en que se me va a ocurrir algo. Pero en este caso, cuando miraba por la ventana en Arbizu, veía Aralar, Urbasa, San Donato... qué bonito, ¡pero no se me ocurría nada!