Mandan los toros

H.

‘Hedysarum Coronarium’ es una planta muy proteica, que abunda en la finca de Tarifa donde pastan los astados de La Palmosilla

DIARIO DE NAVARRA

La zulla, Hedysarum Coronarium, es una planta muy protéica, de flor rojiza. Abunda en la finca la China de Tarifa, donde pastan los toros de La Palmosilla, con la fuerza del viento de Levante y el horizonte inmenso del Atlántico. De proteína y musculatura iban sobrados los bureles debutantes en Pamplona. Imprimieron una velocidad de vértigo, como si quisieran escribir rápido las primeras páginas de esa épica que envuelve a los encierros.

Se quedaría contento este sábado el ganadero que contemplaba como un sueño a sus toros en la calle Estafeta. Fue un éxtasis de dos minutos y doce segundos de toros nobles, de bravura sin cornadas, encabezada la manada por Diligente. Dice la RAE que el diligente tiene “mucho interés, esmero, rapidez, eficacia en la realización de un trabajo o en el cumplimiento de una obligación o encargo”. Difícil encontrar mejor descripción para el comportamiento del toro, un castaño claro de 510 kilos que echó por tierra tantas teorías, palabrería despojada en segundos, como quien te deja sin ases en la primera partida.

“Hoy ha estado bien, emocionante”, era el comentario a bote pronto de cualquiera con un par de ojos. Porque lo de este sábado fue un encierro como los que acostumbran en Pamplona, con los toros protagonistas y los cabestros en su papel secundario. Y de figurantes podría coger Woody Allen a unos cuantos para la película que estos días rueda en San Sebastián. Encajarían mejor en una cinta surrealista, que en la realidad del encierro, donde sobran corredores grabando o ‘patas’ atosigando a los animales. Multa la policía municipal a los vehículos que superen los 20 kilómetros por hora en la calle Estafeta. No a los toros, que este sábado volaron a 23,14 Km/hora. Pero sí a quien pretende frenar la marcha de la bravura.

Más de mil kilómetros separan Tarifa de Pamplona. Cuentan que en la finca quisieron alejar a los toros de las miradas de los bañistas, que corrieran libres de ojos caprichosos. Y ellos siguieron su camino.

“Ha sido un encierro bonito para los corredores”

Sin el concurso de los mansos guía Ronaldo y Messi, que en días pasados lideraron a la manada, por fin los bravos se exhibieron con un despliegue de cualidades portentosas que hicieron las delicias de los atrevidos a guiar sus pasos. Desde la cuesta de Santo Domingo, los astados de La Palmosilla relegaron a sus acompañantes a un segundo lugar y cobraron el protagonismo perdido por otros hierros. El cambio obrado al séptimo día renovó el ánimo de los corredores por su anhelo de coger toro.

“Los corredores han podido correr. Ha sido un encierro bonito para ellos”, destacó el mayoral de la ganadería debutante, Javier Guillén, feliz por el comportamiento de sus animales.

De su actitud más que digna en la carrera algo tiene que ver el entrenamiento de los días previos a una corrida en una plaza de primera categoría, como es Pamplona. “Tres veces a la semana corren” por un circuito que, casualidad, ronda la distancia del encierro: 800 metros. Cuatro vueltas al “corredero”, como le define el mayoral, intensifica la preparación de los astados.

En esas circunstancias, cuando los bravos pusieron su punta de velocidad, algunos de los habituales de la cuesta Santo Domingo deleitaron con su experiencia y habilidad el reto de sortear el peligro de las astas.

Metros adelante, en la plaza Consistorial, hubo réplicas de la misma escena. Con la manada estirada y más emoción que riesgo, Estafeta fue un escenario de carreras de bellas facturas, prolongadas en la curva de Telefónica y la bajada del Callejón.

Por los suelos

Sin la presión de días pasados, a los que fueron sometidos sus predecesores bajo la presión de los mansos, los astados de La Palmosilla impusieron el ritmo más conveniente a sus cualidades. Desde prácticamente el estallido del primer cohete, cuando se abrió el portón de Santo Domingo, se significaron por un desplazamiento endiablado. La consecuencia a tal particularidad fue su dominio arrollador. La literalidad del adjetivo se manifestó en caídas de corredores. Dos de ellos dieron de bruces con su cuerpo en el adoquinado en pocos metros en la cuesta de Santo Domingo. El primero de ellos perdió el equilibrio sorprendido por la manada, aún compacta.

Cuando la avanzadilla del cuarteto de toros desafió la disciplina de grupo, un tercer mozo rodó por los suelos en la curva de Mercaderes.

Vestido con el maillot de luces, que acredita en el Tour de Francia al mejor escalador, se trastabilló con mala fortuna. Quedó a merced de la cabeza del pelotón de morlacos y de los cabestros que seguían su estela a corta distancia.

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