Los menores víctimas de delitos sexuales los sufren durante meses

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A diferencia de los adultos, tardan más en reconocer y denunciar los hechos. El 80% de los casos de esta tipología que investiga la Policía Foral ha tenido lugar en el ámbito doméstico

CARMEN REMÍREZ / DIARIO DE NAVARRA

Son especialmente vulnerables y los adultos que se aprovechan de ellos lo saben. Los casos de investigaciones relacionadas con delitos sexuales que implican a menores, unas cuarenta denuncias al año en Policía Foral, suelen aflorar tras “semanas, meses o incluso años después” de que hayan ocurrido los hechos. Los menores (por debajo de 16 años, en esta tipología de delitos) tardan a veces mucho tiempo en reconocer como abusos esos comportamientos que están sufriendo y no es hasta que la situación se vuelve insostenible o cuando es advertida por otro adulto, que se decide actuar y poner en conocimiento de la policía lo que ha pasado. En adultos, por contra, las denuncias relacionadas con delitos sexuales suelen hacer referencia a abusos o agresiones más concretas en el tiempo. El conocimiento legal es mayor y la madurez para otorgar el consentimiento sexual, muy distinta.

Por ello, desde Policía Foral se insiste en la necesidad de estar alerta para detectar cuanto antes una situación que pueda conllevar cualquier tipo de abuso hacia un menor. Sobre todo los padres son quienes deben observar cualquier indicio en los comportamientos de su hijo, prevenirles ante este tipo de realidades y dialogar seriamente con ellos en caso de sospechar cualquier situación extraña.

Eduardo Sáinz de Murieta, responsable del área de Investigación Criminal de Policía Foral, señalaba que no hay que remitirse a los relatos de un desconocido en la puerta del colegio, ofreciendo caramelos. Tristemente, los datos revelan que la gran mayoría de las veces, hasta en cuatro de cada cinco, los abusos los comete alguien del entorno más cercano. “La mayor parte de los delitos contra la libertad sexual de los menores se producen en el ámbito del hogar. Se dan casos en los que el que abusa es el padre, la nueva pareja de la madre, el tío, un abuelo... O un varón que convive en el mismo domicilio, aun sin parentesco”.

Es así por la natural desconfianza de los niños hacia los desconocidos, pero también porque para poder cometer estos delitos es básico fraguar una relación de confianza con la víctima. “El ‘acercamiento’ se va fraguando con la convivencia, con la cercanía, a veces durante meses”. A la vez, esa cercanía permite mantenerlos en el tiempo.

En el caso de abusos ocurridos fuera del hogar, la pauta suele ser diferente. “Puede haber directamente corrupción de menores (ofrecer algo a cambio de favores sexuales) por parte de un desconocido, pueden haber entrado en contacto vía las nuevas tecnologías o también puede ser que exista algún tipo de relación entre autor y víctima. Ser conocidos, por ser vecinos, el profesor o el entrenador”. En la estadística que maneja este cuerpo policial con respecto a los delitos de esta última categoría (unos 4-5 anuales, ver estadillo inferior), la relación entre autor y víctima que más predomina es la de conocido o vecino. Hay también algún caso de profesor y/o entrenador, junto con una relación laboral entre ambos y otra en la que el denunciado es “amigo de la familia”.

Como en el conjunto de casos de estas características, la nacionalidad predominante en el 75% de las investigaciones es la española, tanto para víctima como para investigado.

Mismo autor, mismo modus

Por lo general, los abusos que más tiempo sufren los menores son los que se llevan a cabo en el ámbito doméstico. “Responden a un patrón de desarrollo continuado en el tiempo y las víctimas suelen trasladar varios hechos individualizados protagonizados por el mismo autor y empleando un modus operandi similar”, refiere Sáinz de Murieta.

En los casos referidos a abusos sexuales realizados fuera del ámbito familiar, en los últimos años las víctimas refieren en general inicios de contactos en los últimos meses o semanas. Tras ese primer acercamiento han podido llegar a producirse uno, dos o tres contactos sexuales, indican en Policía Foral “Hay supuestos de abusos ocasionales, pero en general estamos hablando de semanas o meses. Plazos de tiempo menores que en casos en que el vínculo familiar en más intenso ( padre, tío...)” .

Como se muestra en el gráfico, en este tipo de perfil, el investigado cuenta con algo de cercanía y además suele intimidar con su acción a sus víctimas, presionándolas para que no cuenten a nadie lo ocurrido. “Las personas que inician los contactos son en general de su entorno con los que las víctima tienen cierta confianza así como temor por desvelar los hechos por las consecuencias que pueda tener en su entorno en caso que los hechos trasciendan. En varios casos son cohibidas por los agresores, diciéndoles que es un secreto entre ellos, que nadie más lo tiene que saber...”.

Las ‘pistas’ del abuso

¿Cómo descubrirlo cuanto antes? La teoría es clara. Se considera abuso o acoso sexual a toda actividad que sea llevada a cabo por un adulto y que tenga connotaciones sexuales. Ocurre sin el consentimiento y en condiciones de desigualdad entre el abusador y la víctima, como consecuencia de algún tipo de coerción, por lo que conlleva un acto de poder sobre un niño por placer de un adulto. Esa es la definición. Por lo general esas actitudes reúnen manifestaciones de lo más diversas, ya que un abuso no necesariamente implica hablar solo de contacto físico. Los afectados deben lidiar con un conjunto de situaciones que van desde la penetración o agresión física o contacto físico (tocamientos, masturbación, sexo oral), hasta la ausencia de este último, pero sí de exhibicionismo o erotización con relatos de historias sexuales como vídeos, películas o fotografías, explican los expertos.

Sáinz de Murieta asume que la mayoría de los casos terminan aflorando. “Trascienden generalmente por dos vías. Bien porque los padres empiezan a detectar un desequilibrio emocional en el menor al que no encuentran explicación objetiva y empiezan a interrogar a la chica hasta que se derrumba. O también, indica, vía el colegio donde estudia la víctima. “ Varios de los casos han sido detectados por personal del centro educativo, ante síntomas similares o bien porque amigas de la víctima lo han comunicado a los profesores del centro”.

Es una realidad sórdida, admite, ante la que hay que permanecer vigilante. “Creemos importante hacer ver a la sociedad que la violencia sexual contra menores por personas del entorno ( vecinos, amigos de los padres, vecinos de la localidad u otro tipo de adultos con los que se relacionan de manera habitual las menores) existe en nuestra Comunidad. En caso de una mínima sospecha, nuestra responsabilidad como adultos es la de contactar con las unidades especializadas en la atención a la mujer de la policía”. Algunos de los indicadores para detectar este tipo de casos son: conductas claramente inapropiadas de otros adultos del entorno sobre la menor, su propio testimonio, indicando ser víctima de abusos, lesiones en zonas genital o anal, tales como desgarros, cicatrices, sangrados, infecciones... Otras señales de alarma pueden ser conocimientos sexuales inusuales para la edad, acercamientos peculiares a los adultos,alteraciones en el rendimiento, inexplicables... Al límite, se han llegado a dar casos incluso de fugas del hogar. “Son niños con una sensación de tristeza muy intensa”, indica Sáinz de Murieta.