Lo importante es el viaje...

H.

El filósofo chino Lao-Tse decía que “un viaje de miles de kilómetros empieza con un pequeño paso”, pero lo que nunca se planteó es cómo un ser humano puede soportar un viaje de miles de kilómetros.

Las vacaciones son la época perfecta para coger un avión, un tren o el coche para evadirse y olvidar la aburrida rutina a la que nos hemos sometido. Muchos se van solos o en familia, en pareja o entre amigos. Todo puede pasar y, si los compañeros de ruta son amigos, existe la probabilidad de que a la vuelta los caminos se separen durante una temporada. Había escuchado muchas anécdotas sobre amistades rotas tras unas vacaciones, pero, a pesar de todo, decidí llevar a tres amigos a pasar las Navidades a mi querida Francia durante una semana.

El viaje del que hablaba Lao-Tse comenzó cuando cargamos el coche de jamón, chorizo, vino y configuramos el GPS. El GPS nos da confianza. Llegar, llegaríamos. El GPS se ha convertido en nuestra estrella de Bélen: más intrusivo que una estrella, pero vital. Siendo un grupo de niños de los noventa, no podíamos dejar de pensar en nuestros padres y su capacidad de cruzar el mundo con la ayuda de un mapa. Una sábana de papel con relieves, colores, nombres... en definitiva, un lío. Me acuerdo de mi madre sacando un mapa en pleno Desierto de Thar. Es el primer y único recuerdo sobre un momento de desconfianza hacia ella. No sabía a dónde íbamos, nos había perdido en el mundo.

En 2018 nos organizamos para no perdernos y disfrutar del viaje a pesar de la voz exasperante del GPS. Un viaje de doce horas que no habíamos preparado. Ni juegos, ni comida, ni agua. Un viaje que iba a ser el primero que hacíamos todo juntos y en el que cada uno tenía que hacer un esfuerzo para que el conductor no se aburriera. En Irún, decidimos hacer nuestra primera pausa para comprar todo lo que en Francia cuesta el triple y aprovechar para estirar las piernas todo lo posible. Arrancamos. “Se ha perdido la señal GPS”.

Las horas en el coche pasaban pero no se parecían. Durante las primeras, todo el mundo hablaba y contaba su vida: el trabajo, las cenas, las fiestas... un surtido de cotilleos. Pero, a medida que pasaba el tiempo, todos empezábamos a cabecear. Nuestros párpados nos pesaban. Teníamos que luchar por nuestro piloto. Las ruedas empezaron a entonar una dulce cantinela. Apoyamos la cabeza en el asiento o contra la ventana, solo para descansar un minuto. Dos horas después desperté tras un resbalón de mi codo sobre la puerta del coche. Nos despertamos todos poco a poco procurando fingir que seguíamos la conversación y que estábamos presentes. Nadie se creía nada. Nunca había sentido semejante vergüenza. “Se ha perdido la señal GPS”.

Las paradas en las estaciones de servicio ofrecen la posibilidad de empezar a adaptarse al país en el que estamos. Los amigos españoles descubren que los franceses no hacen ningún ruido. Los niños no corren como locos entre la chocolatinas sino que almuerzan con tranquilidad. La selección de alimentos y bebidas suscita curiosidad. Todo es distinto. Y las cestas se llenan de galletas de mantequilla, de chocolates y caramelos franceses. La sorpresa es aún más grande cuando pasamos por caja y el kit de supervivencia supera los treinta euros. Volvemos al coche-búnker con ilusión de seguir nuestro largo camino. “Se ha perdido la señal GPS”.

En el coche, llega el momento de buscar en Google. Tecleamos ‘juegos para viajes largos’ y los resultados son muy variados. Nos decantamos por el juego de las secciones. Por ejemplo, ‘medios de transporte’: cada uno tiene que decir una palabra y, al que no se le ocurre, pierde el juego. Duró 20 minutos porque resultó aburrido. Después probamos el juego de pensar en un personaje famoso que los demás tienen que adivinar. Desde Franco hasta Pamela Anderson pasando por Rafa Nadal, los famosos nos permitieron aguantar una hora. El juego que engañó nuestro aburrimiento durante más de una hora fue el Trivial Pursuit versión móvil. Nos hizo perder el norte. Literalmente. Para escuchar las preguntas del juego tuvimos que apagar la voz del GPS y pasó solo lo que podía pasar. “Se ha perdido la señal GPS”.

A las siete horas de emprender el viaje desde Pamplona, y a falta de cinco horas para llegar a nuestro destino, el conductor decidió poner podcasts de humor para mantenerse activo. Y funcionó. Se quedó despierto y nosotros, también. Es imposible cerrar el ojo con las voces de David Broncano, Quequé e Ignatius de fondo. Los chistes malos se comían las líneas blancas del asfalto y los kilómetros del contador. Pero ninguna broma elimina el dolor de espalda ni de coxis. El asiento se había adaptado a nuestros cuerpos pero en breve no íbamos a encontrar ni una sola postura en la que viajar cómodos. “Se ha perdido la señal GPS”.

Los cuatro habíamos pasado por distintos estados de ánimo durante el viaje pero todos estábamos de acuerdo en un punto: queríamos llegar lo antes posible. El conductor tenía los brazos dormidos, el copiloto las piernas doloridas y el resto, la cabeza como un bombo. Los carteles empezaron a indicar nuestro destino. Faltaba poco. Pero, como la alegría se hace esperar, tuvimos que cruzar un atasco de media hora para llegar al objetivo y ver el portal de mi casa. “Se ha perdido la señal GPS”.

El viaje de doce horas con amigos nos ha ayudado a conocernos mejor. Hemos podido ver el lado oscuro de cada uno, sus límites y, también, sus virtudes. Nos quedaba disfrutar de lo bueno, vivir juntos durante una semana. Una semana espectacular y llena de risas y descubrimientos. Al llegar a casa, disfrutamos de una buena botella de vino y de una tabla de quesos, sin (todavía) pensar en las doce horas de vuelta.