La N-135 desde la ventanilla

H.

Un libro abierto de anécdotas

La N-135 desde el asiento de un taxi hipnotiza al recién llegado, normalmente peregrinos, cuenta Alberto Santesteban Otegui. Este taxista pamplonés de 49 años conoce bien la culebra de contrastes, sonidos, colores y olores que serpentea durante 62 kilómetros comunicando Pamplona con Francia a través de Roncesvalles. Este taxista la recorre con especial intensidad desde el 1 de abril hasta le 1 de noviembre, con la apertura del collado de Lepoeder, una época en la que desembarcan los peregrinos en Navarra. Entonces, en esas fechas, recoge a los visitantes en el aeropuerto y las estaciones de tren y autobuses y los lleva hasta la “pista de salida” del Camino de Santiago. Bien a Roncesvalles o a Saint Jean Pied de Port (Francia). Mientras conduce a lo largo de estos itinerarios, los peregrinos derraman su atención a través de la ventanilla, “sorprendidos” por lo que se les proyecta. “La N-135 es una arteria que, además de conectar directamente con Francia, abre la puerta a multitud de valles”, recuerda Santesteban. “Los clientes disfrutan mucho con el verde de las praderas, el paisaje salpicado de casitas”.

La campiña se transforma cada pocos kilómetros. Desde pinos con procesionaria en el puerto de Erro, a hayedos en Mezkiritz e Ibañeta. Y los peregrinos, absortos, preguntan al conductor sobre el origen de los pueblos, sobre la naturaleza y la gastronomía. “Me gustaría hablarles de historia, pero no domino mucho”, dice, reconociendo que el mes favorito para circular por la N-135 es octubre. “Si subes ese mes a lo alto de Ibañeta puedes escuchar la berrea y el paso de las palomas”.

Sin embargo, hay algo que no le gusta de la N-135. “Los animales que atraviesan la calzada de noche, las motos y el tráfico pesado”, apunta. Respecto a los trailers, te los encuentras cargados de gorrines, leña o paja en cualquier época. En definitiva, la N-135 simboliza para Alberto Santesteban el mismo esfuerzo de la vida. El ahínco del peregrinaje, la concentración de los conductores, el sudor de los ciclistas... El sufrimiento de un paisaje que resiste contra la adversidad meteorológica. Al evocar, sobreviene Miguel Induráin. Su recuerdo preparándose para el Tour de Francia en Erro. “Ahí es donde aprendió a quitar el miedo a las bajadas rápidas”, esboza.

La N-135 es un libro abierto de anécdotas “interminable”. Por ejemplo, también es la ruta de Hemingway. De hecho, hay temporadas en las que le toca recoger a turistas americanos que buscan hospedarse en el Hostal Burguete y revivir la experiencia del escritor americano. Esta semana pasada, tras el visor de la ventanilla de la parte trasera de su taxi, el paisaje se diluía en la retina como un azucarillo de instantes. Un fotoensayo, kilómetro a kilómetro, desde el puente de Irotz en el kilómetro 10 hasta Valcarlos. Rojo. Blanco. Verde.

En este discurrir por la carretera N-135 realizado el jueves, el lector encuentra un paisaje de contrastes. Un viaje en siete imágenes que transcurre de Irotz a Valcarlos. IVÁN BENÍTEZ / DIARIO DE NAVARRA

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