La maldita primavera

H.

FERNANDO HERNÁNDEZ

Los más talluditos recordarán a Yuri, una cantante mexicana, que en 1981 (hace tanto tiempo que entonces existían la Unión Soviética, Yugoslavia y UCD), triunfaba en España con un tema que se titulaba ‘Maldita primavera’. Era una versión, bastante fiel en la letra, de una canción con la que había quedado segunda en el Festival de San Remo Loretta Goggi y que se llamaba ‘Maledetta primavera’.

A tres días de que cambiemos de estación, el próximo miércoles a eso de las diez de la noche (siempre me ha admirado la precisión astronómica con la que se fija ese momento), tengo la sensación de que vamos a sufrir una maldita primavera, que se nos va a hacer eterna.

Primero, por el clima. Ya hemos tenido un prólogo en forma de febrero con vocación de abril, que nos ha obligado a buscar esa ropa que aquí nos gusta tanto, a la que apellidamos de entretiempo, una palabra que suena a entreguerras, a un periodo en el que está todo por decidirse. En las ‘Memorias de Adriano Marguerite Yourcenar’ usaba una cita de Flaubert que hablaba de que en tiempos de ese emperador “ya no estaban los dioses, y todavía no estaba Cristo; hubo, de Cicerón a Marco Aurelio, un momento único en el que el hombre estaba solo”. Un periodo de entredioses, podríamos decir.

En estos días miramos de reojo el termómetro con el temor de que se vengue de la subida de las últimas semanas y, por una especie de ley de la compensación, a un febrero cálido le siga un abril helador, del que solo se alegrarán los aficionados al esquí. Un viejo dicho aseguraba que en Pamplona solo había dos estaciones, invierno y la del tren. En años como este tenemos la sensación de que se nos están disolviendo las estaciones. Será el cambio climático, o nuestra falta de memoria meteorológica.

Por de pronto, dentro de un par de semanas volveremos a cambiar la hora y entraremos en el horario de verano, como si se hubiera olvidado en algún cajón del edificio Berlaymont de Bruselas aquella idea de la Unión Europea de acabar con el pequeño desfase horario que sufrimos a finales de octubre y de marzo. Mejor. Cada vez estoy más convencido de las bondades de tener luz por la mañana en invierno y por la tarde, incluso la noche, en verano.

Pero bueno, hemos llegado a una primavera electoral que se nos va a extender, con suerte, hasta casi el mismo momento en que llegue el verano, porque primero tenemos elecciones generales, para las que ya estamos en campaña, aunque la anticuada ley electoral no lo diga. Y enlazaremos con la de las autonómicas y municipales, hasta que se constituyan, el 13 de junio, los ayuntamientos que elegiremos el 26 de mayo. Cuando terminemos este ciclo, si es que lo acabamos, nos faltará una semana para despedirnos de la primavera.

Por ahora, tenemos que pensar en recibirla con alegría, que es lo que recomiendan los poetas. Miguel Hernández cantaba: “¡Oh, primavera verde de deseo,/ qué martirio tu vista dulce y alma/ para quien anda solo y miserable!”. Los Carmina Burana a los que puso música Carl Orff dicen que “la alegre cara de la primavera se vuelve hacia el mundo, y el afilado invierno se retira, vencido”. Hermann Hesse también se entusiasmaba ante la llegada de la primavera. Aunque le conocemos más como el novelista de ‘El lobo estepario’, escribió poemas que Richard Strauss convirtió en canciones: “Me reconoces/ me abrazas con ternura/ palpita en todo mi cuerpo/ tu bendita presencia”.

Pero tenemos que ser prudentes. Yuri decía: “Y se reía de mí/ dulce embustera/ la maldita primavera”. Sus razones tendría para temerla.