Inquilinas que almuerzan en terraza

H.

La afluencia de palomas en la Plaza del Castillo se ha reducido en los últimos meses. Sin embargo, las terrazas de los establecimientos siguen siendo su principal banco de alimentos, una batalla continua con la que lidian los hosteleros

BEATRIZ JORDÁN / DIARIO DE NAVARRA

Los más pequeños juegan a espantarlas y otros se divierten echándoles de comer. Desde pipas hasta granos de arroz, pasando por toda clase de ‘gusanitos’. No hace falta gran cantidad, bastan cuatro migas de pan para que acudan decenas de ellas en volandas, peleándose por picar algo y llevárselo al estómago.

Siempre hay alguna que va a la pata coja intentando mantener el equilibrio pero con un pisotón fuerte en el suelo cualquiera consigue que eche a volar. Son las llamadas palomas urbanas, de la familia de las colúmbidas, que incluyen hasta más de trescientas especies diferentes.

Sin embargo, estos animales reciben toda clase de apelativos y muchos de ellos despectivos. Javier Gutiérrez Mellado, vecino de Pamplona de 62 años, las llama “ratas con alas”. Sentado en uno de los bancos de la Plaza del Castillo, Gutiérrez comentaba que “nunca se sabe de dónde vienen”. “Comen de las basuras y traen enfermedades”, añadía. Con todo, este vecino aseguró que no hay tantas como antes. “Hace años tenías que quitártelas de los pies, casi no se podía andar”.

Ley de la selva

El pasado mes de septiembre, debido a las quejas que recibió el Consistorio por parte de los hosteleros de la Plaza del Castillo, se decidió emplear un sistema que consistía en utilizar el vuelo de aves rapaces para dispersar a las palomas y hacerles cambiar los hábitos, que les llevaban a concentrarse en esta plaza.

Siguiendo una especie de ley de la selva, los animales grandes acobardaban a los pequeños, y se conseguía así que las palomas cogiesen miedo y se desplazasen a otros lugares de la ciudad. Este programa piloto concluyó con alrededor de 32 vuelos durante dos meses, con la finalidad de que las palomas dejasen de ser una molestia en el lugar.

Así lo piensan en parte algunos vecinos que escogen la Plaza del Castillo como cuarto de estar para pasar su tiempo. Sin embargo, para Pilar S. García, vecina de Pamplona , “las palomas son unos animales que sobran”. “Son muy negativos, estropean todo y son peligrosos”, afirmaba con firmeza.

El argumento continuaba en el banco de al lado donde se encontraba Juan Martinena, de 84 años y que reside en la calle Mayor. “Ya casi no hay palomas pero el problema de todo esto son las personas que las alimentan, porque las están cebando y entonces vienen más y más”, explicaba. A la conversación se unió otro hombre que compartía banco con Martinena e, interesado por la situación, lanzó al aire la siguiente pregunta: “¿Qué ganamos alimentando a esos bichos?”.

El punto de mira

Aunque los vecinos de Pamplona hayan notado una menor concurrencia de estos animales, el gran descontento de los hosteleros sigue en ebullición. Merodean los alrededores de las terrazas, están al acecho, a la espera de su almuerzo. “En cuanto se levantan los clientes y hay algo de comida en la mesa se avalanchan como locas a cogerlo”, contaba Iosu Martínez, camarero del Café Iruña. La situación de Conchi Esteban, trabajadora en el bar Del Castillo es la misma, incluso comentaba que las palomas, al subirse a las mesas, tiran toda la vajilla. “Tengo que estar muy atenta. En cuanto se queda la mesa libre, tengo que salir corriendo a retirar todo para que no me lo rompan”. Esteban explicaba también que “se notaron mucho los vuelos de los halcones, pero no basta con hacerlo solo una vez”.

A veces cae el premio

Como todo ser vivo, estos animales además de comer también producen sus excrementos. Álvaro Lizarraga, responsable del bar Windsor ha presenciado varios episodios en los que a alguno de sus clientes, como él dice, “le toca el premio”. “Sin hablar de cómo tenemos el toldo lleno de cagadas, pero tienen tanta puntería que, entre toldo y toldo, a veces le cae a alguien. No es de buena imagen”, comentaba Lizarraga.

Juan Diego Mendoza, que trabaja en La Tasca de Don José, también ha tenido que lidiar contra ellas. “Hay a gente que le dan mucho miedo, un pavor real. Sobrevuelan la terraza en demasiadas ocasiones y no es de ningún agrado para los clientes. Alguna vez he tenido que salir a espantarlas porque si hay un trozo de pan en el suelo, se pueden juntar diez palomas a la vez”, relataba Mendoza.

Una vez que estas inquilinas sin papeles ya se han llenado el estómago se acomodan en cualquier rincón de la entrada a los edificios para resguardarse del frío y pasar la noche. Sin embargo, las más astutas tienen un escondite mucho más acogedor. Son las estufas que se encuentran en el porche del bar El Kiosko, en lo alto de los arcos. Antonio García, camarero de este establecimiento contaba que se suben encima de estos calentadores y se pasan ahí horas.