Hijos enamorados

H.

Nuestros hijos enamorados necesitan de unos padres que les ayuden a encauzar la corriente impetuosa de sentimientos que están experimentando

PILAR GUEMBE Y CARLOS GOÑI / DIARIO DE NAVARRA

De repente, para nuestro hijo o nuestra hija el día de san Valentín se convierte en un día especial. ¿Qué ha pasado? Que se ha enamorado. ¿Y qué pasa cuando nuestros hijos se enamoran? Pues algo parecido a lo que nos pasó a nosotros a su edad: que nos llega menos sangre al cerebro, que nos volvemos estúpidos, que estamos raros, que los sentimientos nos invaden, que decimos cursiladas, que “me resulta imposible concentrarme en clase”, que “no hago otra cosa que pensar en ti”, etc., etc. Y todo eso tiene un denominador común: los sentimientos están a flor de piel y toman la delantera a la hora de dirigir la vida.

José Ortega y Gasset, en Estudios sobre el amor, decía que el enamoramiento es “un estado de imbecilidad transitoria” y “un trastorno de la atención”, un auténtico TDA, diríamos ahora, con o sin hiperactividad, que, si nos pilla ya mayores, nos hace volver a la adolescencia, a esa etapa de inmadurez creativa cuando del amor solo se tomaban los frutos.

Hemos de tener presente que, cuando nuestros hijos se enamoran, sufren ese “trastorno de atención” que les hace confundir el amor con el impetuoso latido de su corazón. Han descubierto las sabrosas frutas del árbol del amor, las cuales, si tienen la suerte de no topar con ninguna amarga, les harán saborear la felicidad. Todo en ese momento es dulce, incluso embriagador, porque está fermentado por un bullir de sentimientos que no permiten que intervenga la razón.

Pero el árbol es mucho más que sus frutos. Estos son efímeros y dependen de la salud de aquel. Cada primavera brotan las flores que, al calor del verano, se harán frutos sabrosos, pero en otoño el árbol se irá quedando desnudo y así tendrá que pasar el invierno a la intemperie.

El amor es el árbol; el enamoramiento, los frutos. Estos son de temporada; aquel resiste a las estaciones. El que solo toma los frutos no sabe a qué sabe realmente el amor y no es capaz de comprometerse, de echar raíces, esas que hacen que el árbol se mantenga vivo a pesar de los cambios climáticos, esas raíces que hacen que el amor no muera a pesar de haber pasado el enamoramiento. Este es tumultuoso, porque está en las ramas; aquel, sereno, porque se halla anclado al suelo.

El enamoramiento no nos dice la verdad sobre el amor porque solo nos muestra su parte dulce y efímera. Está tan lejos de las raíces que no puede entender su esencia, no puede sospechar que el amor dependa no solo de la luz del sol y de la lluvia, sino también, de algo profundo que lo nutre, de una tierra a la que se agarra con todas sus fuerzas.

Los enamorados, engañados en el amor, toman las frutas maduras, pero su relación es todavía inmadura; ponen por delante los sentimientos, los cuales, si no se orientan bien, les impiden llegar a la raíz. Por eso, no es bueno que los enamorados tomen decisiones vitales, porque viven en las afueras del amor. El corazón no piensa, se limita a latir.

El amor echa raíces en el compromiso, pero para ello necesita asentarse, madurar, arraigar. La verdad del amor auténtico no la descubren los enamorados hasta que madura su amor. El enamoramiento no es todavía el amor; sin embargo, los heridos de Cupido no lo advierten, porque no pueden imaginar que algo que sienten tan fuerte les esté engañando.

Por eso, nuestros hijos enamorados necesitan de unos padres que les ayuden a encauzar la corriente impetuosa de sentimientos que están experimentando. Necesitan que les escuchemos, que les apoyemos y que les ofrezcamos la serenidad que da el amor y quita el enamoramiento.

TE RECOMENDAMOS
  • 1