“Goya dibujaba para entender lo que siempre le importó: el ser humano”

H.

Manuela Mena es historiadora del arte y jefa de Conservación de Pintura del S.XVIII del Museo del Prado y experta en Goya. nerea alejos / COLPISA

Mena estará en el Museo de la UN el próximo 30 de enero

Manuela Mena habla de Goya en presente, como si estuviera vivo. Experta en pintura del siglo XVIII y en la obra del pintor de Fuendetodos, está a punto de jubilarse como jefa de Conservación de Pintura del Museo del Prado, pero su vida seguirá ligada al genio aragonés gracias al Catálogo razonado de los dibujos de Francisco de Goya, cuyo primer volumen se presentó el pasado diciembre. A finales de este año tienen previsto publicar el segundo tomo, centrado en los Caprichos y coincidiendo con la exposición Dibujos de Goya que se exhibirá en la pinacoteca madrileña a partir del 19 de noviembre. El próximo 30 de enero, Mena impartirá en el Museo Universidad de Navarra la conferencia Goya: la huida de lo fantasmagórico, dentro del ciclo sobre el Museo del Prado dirigido por el catedrático de Historia del Arte Francisco Calvo Serraller, fallecido el pasado noviembre.

Después de 40 años trabajando en el Museo del Prado, ¿cómo vivió el homenaje que le dedicaron el pasado noviembre?

Fue un acto muy entrañable y de una gran belleza que organizó la Fundación Amigos del Museo del Prado. Se hizo por deseo de Francisco Calvo Serraller y acepté el homenaje por eso. Paco y yo siempre nos hemos entendido muy bien. Además, yo sabía que él no estaba muy bien de salud (Calvo Serraller falleció diez días después). Para mí fue entrañable, y por otra parte, casi trágico... Cuando miraba a Paco, veía la cuestión terrible del fin... Yo se lo agradecí muchísimo.

¿Cómo afronta su próxima jubilación?

Me produce una enorme sensación de satisfacción y de libertad. A mí siempre me ha gustado la libertad, tal vez de ahí han venido parte de mis problemas. Ahora voy a ser totalmente libre y lo estoy deseando.

Pero estará ocupada con la exposición sobre Dibujos de Goya que se ha programado dentro del bicentenario del Museo del Prado.

La persona que lleva la exposición sobre sus hombros con más peso es mi colega José Manuel Matilla, jefe del Departamento de Dibujos y Estampas. Yo me voy a dedicar a hacer el trabajo que me gusta, que es saber qué quiso decir Goya en cada uno de sus dibujos. Es un proyecto que va a seguir más allá de la exposición, con el Catálogo razonado de los dibujos de Francisco de Goya, así que espero llegar hasta el final con todos los dibujos. Acabamos de publicar el primer volumen y nos quedan otros cuatro. Es una tarea complicada, porque cada una de las imágenes de Goya exige una concentración máxima.

Así que llega a la jubilación con una gran tarea por delante.

A mí me parece que nuestro trabajo como historiadores no se puede parar por el hecho de que te vayas de la institución en la que hayas estado trabajando. Es una vocación que llega hasta el día de la muerte. Tengo muchas ideas y espero tener la salud, la energía y la alegría suficientes como para seguir adelante.

¿Qué nuevas facetas de Goya podrá conocer el público a través de sus dibujos?

No solo el público, también los historiadores pueden tener ciertas ideas aferradas al cerebro sobre Goya. Yo creo que nuestra labor como historiadores es ir aclarando las cosas, igual que en la Real Academia de la Lengua, que limpia, pule y da esplendor. Eso es lo que tenemos que hacer con los artistas. Es decir, buscar la verdad, entrar en su tiempo y en ellos mismos: qué fueron, qué quisieron hacer... Siempre que se hace una exposición, algo nuevo va a salir. En esta ocasión yo no quiero destapar la caja de Pandora con todos los males que van a salir de allí dentro (se ríe). Yo creo que va a ser una exposición muy curiosa, con muchas facetas distintas.

¿Sobre todo se va a poder ver al Goya más libre?

Sí, será un Goya sin filtros. Mostraremos cuadernos de dibujos que hacía para él mismo. Todavía no sabemos qué intención tenía con ellos, posiblemente la misma que con el álbum A o el B. De las muchas imágenes que están en esos álbumes, sobre todo en el B, él recoge algunas y las transforma para los Caprichos. Pero en otros álbumes hay obras de una libertad absoluta. Eran para él, para que no lo viera nadie, y para entender lo que siempre le importó: cómo es el ser humano. Una vez, yo le llamé Proteo a Goya, como la figura clásica que cambia de forma y es siempre distinto. Goya siempre es el mismo, desde el principio hasta el final, y al mismo tiempo Goya siempre es nuevo en su aproximación a todo lo que se le pone por delante.

El ciclo de conferencias de este año gira en torno a la fantasía en el arte. ¿Qué papel juega en la obra de Goya?

Paco Calvo, que era el director del curso, me pidió que me centrara en la fantasmagoría, una técnica de finales del siglo XVIII que simula la aparición de espíritus. Se puso de moda sobre todo en Francia. Goya no conocía la fantasmagoría cuando hizo los Caprichos, aunque luego en Burdeos sí que es posible que pudiera asistir a alguna de aquellas sesiones. Personalmente, yo no veo la fantasmagoría en Goya, pero sí la fantasía. Las figuras de Goya, llenas de cambios en la estructura de los seres humanos, son como caricaturas morales, profundísimas. En el fondo, cuando las miramos, no nos damos cuenta de que son caricaturas. Vemos estas figuras como si nos las encontráramos a la vuelta de la esquina. Hay personajes terribles, pero no ves nada que choque desde el punto de vista de la realidad.

¿Cómo concibió Goya este tipo de caricaturas?

Cuando Goya presentó sus Caprichos, en el texto que escribió para el Diario de Madrid dejó muy claro que esas obras no reflejaban cosas reales de sus días. No quería que nadie viera en ellas una crítica de alguien conocido, aunque los escritores y literatos no le hicieron mucho caso. En este aspecto hay una obra importantísima, El gigante sentado, una litografía que yo he fechado en torno a 1800. Creo que esta obra es la más fantasmagórica de todas y al mismo tiempo la más real. Luego, en el álbum B, hay otra obra realmente interesantísima en la que aparecen unos obispos terribles sobre un altar agarrando con unas tenazas un libro sagrado.

Aún se siguen descubriendo detalles sobre la vida de Goya. Recientemente, el Museo del Prado adquirió una carta que escribió a su íntimo amigo Martín Zapater. ¿Qué significó en su vida?

A través de las cartas, vemos que tenía una confianza absoluta en Zapater, a él le contaba sus asuntos más importantes. Por ejemplo, en el tema económico solo se fiaba de él. Y también confía en él al hablarle de otros artistas como Bayeu o de Maella, diciéndole lo que piensa de ellos. ¿Es posible que Goya y Zapater tuvieran una relación más allá de la amistad? Es posible, pero es muy difícil decirlo. Los artistas siempre han sido enormemente libres. En el caso de Goya, yo no sé si esa libertad llegaba a todas partes.

Muchas cartas desaparecieron... ¿Por qué motivo?

Se piensa que el sobrino nieto de Zapater se deshizo de las cartas más comprometidas. Goya tenía mucho cuidado con los temas políticos. Sabemos que nos falta mucha información, como las contestaciones de Zapater. Es una pena que no tengamos las cartas que le escribió Zapater, porque nos darían más claves sobre sus vidas. Solamente tenemos la parte de Goya.

Llegó a ejercer como subdirectora del Museo del Prado entre 1981 y 1996. Es la única mujer que ha ocupado ese cargo. ¿Cómo recuerda aquella etapa?

Entonces se produjo una de aquellas crisis que le afectan al Prado de vez en cuando. Son crisis metamorfósicas, profundas. La idea de nombrarme subdirectora fue de Javier Tusell (entonces director general de Bellas Artes). Él era una persona muy moderna, su mujer era catedrática de Historia... Lo único que me preguntaron era si yo estaba dispuesta a hacer actividades de tipo social, como ir a eventos o a cenas. Y yo conteste que sí, por supuesto. Recuerdo que en los papeles oficiales siempre firmaba como “Manuela Mena, el subdirector”. Así fue durante varios años. A mí me hacía gracia, no me lo tomaba como algo machista. Había montones de reuniones donde yo era la única mujer, pero nunca sentí que me trataran de forma distinta.

¿De qué logro se siente más satisfecha?

De ninguno. Lo digo con absoluta honestidad. El logro de una institución como el Prado es el logro de todos juntos. En el Prado, todo el mundo trabaja a una.

En su homenaje, Paco Calvo destacó su capacidad de sobrevivir a tempestades. ¿Ha vivido momentos de mucha zozobra?

Dentro de mi afán de libertad, creo que soy muy política. Desde pequeña, tengo la capacidad de captar a una persona nada más verla entrar por la puerta. Eso hace que inmediatamente le trate como hay que tratarle: bien, mal, con dureza o no... Por otro lado, tuvieron que hacer una reestructuración completa del Museo del Prado para cesarme como subdirectora, porque tenían miedo (se ríe).

¿Miedo a qué?

¡Yo qué sé! Reestructuraron todo el Prado para quitar la subdirección (sigue riéndose). Es muy interesante para uno mismo que te quiten ese poder. Se aprende muchísimo de la caída en picado o del empujón por las escaleras. Hay personas que no te miran, ni te hablan, o tienen miedo de hablarte... Mientras las personas que te siguen hablando se cuentan con los dedos de una mano. Eso es enormemente interesante. Yo no lo cambiaría por nada.

Si escribiera una novela sobre sus vivencias en el Prado, ¿de qué género sería?

El Prado daría para varias novelas... Podría ser de amor, y también de poder, de empujones y de codazos. Y de misterio, aunque no de asesinatos. Si yo escribiera alguna, me gustaría reflejar la historia real del museo.

TE RECOMENDAMOS