El Pirineo se calienta, se seca y se derrite

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Las previsiones para los próximos años no son nada optimistas, ya que se espera que las temperaturas máximas aumenten de 1,3 a 4 grados en 2050

David Elustondo

Diario de Navarra

A finales de 2018 se presentó en Zaragoza el informe sobre “El Cambio Climático en los Pirineos: impactos, vulnerabilidades y adaptación”, coordinado por el Observatorio Pirenaico de Cambio Climático (OPCC). El informe es el resultado del proyecto OPCC-2 y en él han colaborado un centenar de científicos españoles, franceses y andorranos, asociados a cuatro proyectos temáticos: Clim’py, sobre climatología; Replim, sobre lagos y turberas; Canopee, sobre bosques; y Florapyr, sobre flora, todos ellos financiados a través del programa POCTEFA.

Las conclusiones del estudio resultan, como poco, inquietantes, ya que muestran un incremento de 1,2 grados de temperatura en los últimos 50 años, un 30% más que el observado a nivel mundial en el mismo periodo (0,85 grados). Además, la precipitación ha descendido alrededor de un 2,5% por década, en especial en la vertiente sur del Pirineo y el manto de nieve ha disminuido de manera significativa. Esto ha hecho que la mitad de los glaciares pirenaicos hayan desaparecido.

Estos cambios han causado una pérdida de biodiversidad difícilmente cuantificable y se corresponde con alteraciones en los ciclos de vida de plantas y animales

Las previsiones para los próximos años no son nada optimistas, ya que se espera que las temperaturas máximas aumenten de 1,3 a 4 grados en 2050 y de 1,9 a 7,1 a final de siglo. Esto llevará a la pérdida del 50% del espesor de nieve y a la práctica desaparición de los glaciares de montaña; se incrementará el riesgo de incendios y la probabilidad de fenómenos meteorológicos extremos, así como las olas de calor y frío, sequías prolongadas o lluvias intensas.

Todos estos cambios han causado -y seguirán haciéndolo en el futuro- una pérdida de biodiversidad difícilmente cuantificable y que se corresponde, entre otros, con alteraciones en los ciclos de vida de plantas y animales -que hacen que se rompa la “sincronía” entre especies que dependen unas de otras-, el adelanto en la época de migración de aves, el aumento de la cantidad y peligrosidad de organismos patógenos o la desaparición de especies endémicas.

El gran problema es que, por desgracia, el de los Pirineos no es un caso único, ya que hallazgos similares han sido encontrados tanto a nivel europeo -en cordilleras como los Alpes y los Cárpatos la temperatura se ha incrementado más de 2 grados en el último medio siglo- como mundial, debido a que en las zonas de mayor altitud la incidencia del cambio climático es más elevada. Esto hace que los ecosistemas de alta montaña, muy especializados y, por lo tanto, muy susceptibles a los cambios, se encuentren entre los más amenazados a nivel mundial.

Algunos de estos ecosistemas “sensibles”, los lagos y turberas, representan elementos icónicos del paisaje de alta montaña y pueden verse muy amenazados si no se toman medidas de inmediato.

El proyecto REPLIM ha establecido una red de seguimiento en lagos y turberas para estudiar su evolución pasada y futura

Aparte de su incalculable valor biológico, estos ecosistemas proporcionan otros servicios al territorio más allá de su carácter de indicadores del cambio global. A modo de ejemplo, glaciares, lagos y turberas son parte esencial del atractivo natural de estas zonas, por lo que su conservación es muy importante teniendo en cuenta el creciente impacto que las actividades turísticas relacionadas con el esquí o el senderismo tienen sobre la economía de las zonas de montaña.

Con el fin de preservar estos ecosistemas, el proyecto REPLIM (uno de los cuatro proyectos temáticos en el cual hemos participado varios investigadores de la Universidad de Navarra) ha establecido una red de seguimiento en lagos y turberas para estudiar su evolución pasada y futura.

Por sus características, ambos ecosistemas son especialmente útiles para el estudio del cambio climático, ya que responden a las fluctuaciones climáticas y ambientales y pueden ejercer de “centinelas” de esas variaciones en el territorio pirenaico. Además, tanto los lagos como, sobre todo las turberas, archivan en sus sedimentos información sobre la evolución del clima en los últimos siglos o milenios.

Parece claro, a tenor de lo expuesto en el informe, que la región pirenaica deberá llevar a cabo una importante adaptación para paliar el impacto del cambio climático, dadas las enormes repercusiones ambientales y socioeconómicas esperadas. Muchas de las alteraciones observadas, o proyectadas, en los Pirineos guardan similitudes con las encontradas o esperadas a nivel mundial.

Dado que se trata de un problema global, las acciones de mitigación deberán llevarse a cabo de modo coordinado mediante acuerdos de gobernanza mundial. Sin embargo, las decisiones y acciones tendrán que desarrollarse a nivel local, incorporando el cambio climático en las políticas regionales. Es urgente reducir las emisiones contaminantes e iniciar las acciones de adaptación. En este proceso, todos tendremos que aportar nuestro granito de arena. Cada pequeña acción cuenta. Piensa global, actúa local.

David Elustondo, profesor de la Universidad de Navarra e investigador del proyecto REPL

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