El juicio del Procés nos pone

H.

ISABEL GONZÁLEZ

Mi marido se ha enganchado al juicio del Procés y ahí lo tengo, todo el santo día con los pinganillos incrustados. Una pena, porque yo pensaba que él era un hombre del siglo XXI y con esto del Procés me recuerda a esos señores de bien del siglo XX que paseaban a su familia los domingos por la tarde con la radio pegada a la oreja para escuchar el fútbol. De vez en cuando, mi marido olvida ponerse los auriculares y oigo un murmullo en la casa. Me asomo al despacho y le pregunto: “¿No estás trabajando?”. “Sí”, me responde. Y sigue a lo suyo. Al Procés.

Se trata de una adicción como ya he dicho. Otras veces, mientras hacemos la comida o las camas, en silencio, él percibe mi mirada recelosa, se saca un pinganillo y me dice: “Está hablando de los Cobos. Está declarando Trapero”. Luego me sonríe y me guiña un ojo iluminado por la emoción como si asistiera a un combate de boxeo entre Mike Tyson y no sé quién. Yo, de boxeo, entiendo poco. Del juicio del Procés sé que Diego Pérez de los Cobos fue el coronel de la Guardia Civil coordinador del dispositivo de seguridad del 1-O, que Josep Lluis Trapero fue el mayor de los Mossos y que en esas andan ambos. Que si un gancho de izquierda, que si un uppercut, que si un golpe lateral largo con puño rotado. Ellos también combaten, pero de otra forma y de qué forma. De esa forma que nos pone tanto a los españoles.

Azuzada ya por la curiosidad, el otro día, acerqué mi silla a la pantalla del ordenador que absorbía a mi marido, me senté junto a él, me dejé llevar y lo entendí todo. Ahí estaban todos y ahí me quedé. Hipnotizada por el juicio del Procés. Qué gallardía, qué aplomo, qué solemnidad, qué bien hablan, qué bien callan, qué retórica de libro decimonónico. Y lo bien lavados que van, lo bien planchados, lo bien vestidos. Cómo nos gusta que Manuel Marchena ordene, obedecerle y sanseacabó. Mmmmm, qué rico eso, papito. Manuel Marchena es el presidente de la Sala del Tribunal Supremo. ¡Y qué Sala, madre mía! Dan ganas de llamar a Errol Flynn para que se cuelgue de una de esas lámparas de cristal Luis XV.

No hay rincón de la Sala de lo Penal que no rezume historia. Allí se juzgó al teniente coronel Sanjurjo por rebelión militar en 1932, ahí se sentó Felipe González como acusado en 1998. Y no los sentaron en cualquier sitio, no, sino sobre sillas tapizadas en rojo, entre paredes de seda roja de Damasco. Escudos borbónicos, columnas marmóreas, capiteles dorados, madera oscura. “No me consta que con carácter general se quemasen contenedores, ni los manifestantes llevasen palos ni armas el 20-S”, dice Trapero. Y ese modo sereno de insertar el atenuante “con carácter general” en la frase me pone cachonda. Nos pone. Siento la vibración también en mi esposo.

Todo el mundo parece importante ahí. Elegante, discreto, en blanco y negro casi. En verdad, para formar parte del juicio uno debe de haber hecho o dejado de hacer algo muy importante. Hay un sueño inconsciente del ciudadano español que consiste en formar parte de esa sala. Miles de españoles haría cola a las puertas del Palacio de Justicia si precisaran voluntarios hasta como acusados. Todos queremos ser relevantes. Decir cosas así: su señoría, con la venia de la excelentísima sala, ateniéndonos a.

Yo me atengo a que mi marido y yo llevamos aquí toda la mañana, y que puestos a dejar de hacer, hemos dejado de hacer muchas cosas. Pero de tan nimia importancia que en detrimento de lo avenido por el sentido común, seguiremos enfrascados en el juicio del Procés. Miro extasiada a mi marido y él me coge de la mano. El juicio del Procés nos une, excelencia.

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