El cabestro está triste

H.

ISABEL GONZÁLEZ

El cabestro está triste. Qué tendrá el triste cabestro. Los suspiros escapan por su boca de fiesta y el cabestro reflexiona sobre su triste pena que no es triste lentitud. Porque el cabestro corre con todas sus fuerzas. El cabestro va a tope hacia las cosas bien hechas. Ha entrenado para ello durante meses y hay un esfuerzo también de siglos pues proviene de esa raza buena de los que saben lo que hay que hacer: llevar a la plaza a los toros bravos, y eso es lo que hace. A toda prisa, sin resbalones, sin dispersión de la manada, concentrado de principio a fin como se lanza un cohete a la luna para que no se pierda, y lo único que recibe son críticas.

El jueves pasado varios mozos de los que se interponen en su camino, se sentaron a protestar en la cuesta de Santo Domingo y se quejaron de la falta de emoción. “No queremos correr ante cabestros”, decían. Y eso lo entristece. ¿Piensa acaso el buey que sus cuernos no pinchan? En absoluto, podría atravesar un riñón humano como una aceituna. ¿Piensa acaso el buey que su envergadura le resta imponencia? En absoluto, podría aplastar un tórax humano como un palillo. Pero no lo hace.

Harto de darle vueltas al asunto, el cabestro se tumba en su corral y se dispone a leer para relajarse. Últimamente le ha dado por los clásicos. Abre ‘El Quijote’ y entonces cae en la cuenta. ¿Quién tiene más huevos: Don Quijote o Sancho Panza? ¿Quién tiene más huevos: el toro o el cabestro?

He aquí la respuesta a su amargura. Los mozos que protestan en los encierros de Pamplona quieren correr delante de un toro con huevos. No se trata solo de enfrentarse a la muerte, pues las vaquillas de los pueblos también matan, y sin embargo, nadie sale a morir en los pueblos sino a divertirse. Se trata más bien de un duelo de gónadas. De reencarnar la figura mítica del hombre-animal. Del fuerte, del poderoso, del salvaje, del semental. Cada corredor del encierro supone la reencarnación del Minotauro, hombre-toro, en el interior de su laberinto vallado. Es cierto que también corre alguna mujer, pero son pocas. Muy pocas. Ellas están a otra cosa y el cabestro lo sabe porque es una res muy leída. Examina la prensa y mientras ellos protestan por la falta de riesgo en su encierro, ellas protestan por exceso de riesgo en su ‘desencierro’. Ellas no quieren jugar a que las empitone otra manada cuando salen a divertirse, a bailar, a beber, a ligar. ¿Quizá cuanto menos riesgo corran ellas, más riesgo exijan ellos?, se pregunta el cabestro. Quién lo sabe. No todos opinan lo mismo.

Algunos corredores históricos rechazan esta protesta, esta exigencia de riesgo facilón, y aseguran que siempre ha sido difícil correr en los encierros, que los toros son veloces, que los cabestros hacen bien su trabajo y que si uno quiere hacerse un hueco habrá que prepararse más y mejor. Llegada a esta conclusión, el cabestro ya no está triste. El cabestro, mañana, volverá a hacer bien las cosas.