El aliento del planeta

H.

La concentración de CO2, principal causante del cambio climático, acaba de superar los niveles de hace tres millones de años. El récord se batirá de nuevo en 2020

INÉS GALLASTEGUI / COLPISA

Entre todos, lo hemos conseguido: la concentración de dióxido de carbono, el principal gas responsable del calentamiento global, ha superado su máximo histórico, ocurrido en el Plioceno, hace unos tres millones de años. El triste récord de 415,39 partes por millón (ppm) lo registró el sábado pasado el Observatorio Meteorológico de Mauna Loa, que recopila estas mediciones desde hace sesenta años. Y no vale consolarse pensando que el volcán hawaiano está muy lejos: el 18 de abril el Centro de Investigación Atmosférica de Izaña, en Tenerife, alcanzó un dato aún mayor, aunque provisional: 416,7 ppm. La conclusión está clara: las emisiones procedentes de la quema de combustibles fósiles en la industria manufacturera, la construcción, la producción de energía o el transporte no se están reduciendo, sino todo lo contrario. “Es un umbral psicológico. No ocurre nada nuevo: este incremento es imparable y lo preocupante es que se está acelerando. El año que viene, con total seguridad, volveremos a batir el récord”, pronostica Emilio Cuevas, director del observatorio canario de la Agencia Estatal de Meteorología.

El dióxido de carbono es un gas necesario que la Tierra y sus habitantes producen y absorben de forma natural -por ejemplo, nosotros lo expulsamos al respirar y las plantas lo capturan para hacer la fotosíntesis-, y su presencia en la atmósfera está estrechamente vinculada a la temperatura del globo: es permeable a la energía solar, pero no a la radiación terrestre, que atrapa y retiene. Es el ‘efecto invernadero’: a más CO2 en el aire, más calor.

Su concentración siempre ha experimentado fluctuaciones como resultado de las diferencias en la cantidad de vegetación o las explosiones volcánicas, entre otros factores. Lo sabemos porque los científicos han estudiado capas profundas de hielo fósil que, en su formación, atrapó aire y sentó un registro químico certero sobre la composición del aire en distintas épocas del pasado.

Hasta que llegamos

Pero antes de que el Homo sapiens hiciera su aparición estelar en este planeta, se había mantenido relativamente estable en unas 280 ppm durante cerca de un millón de años. Entonces nuestra especie empezó a talar árboles como si no hubiera un mañana, literalmente, y a quemar carbón, petróleo y gas natural a lo bestia, primero para calentarse, después para producir cosas y, finalmente, para desplazarse. La revolución industrial aceleró el proceso a partir del siglo XVIII.

El primero en medir este gas incoloro, inodoro, insípido y soluble en agua fue el científico norteamericano Charles Keeling, del Instituto Scripps de Oceanografía de California, que en 1958 se subió a la base del Mauna Loa, analizó el aire y comenzó a apuntar sus registros. El primero fue de 315 ppm. Al cabo de un par de años observó que la cantidad de dióxido de carbono en el aire presentaba fuertes variaciones estacionales. La explicación a este fenómeno es el ciclo de carbono de la Tierra. Los picos se producen en el hemisferio norte en mayo, producto de la descomposición natural de materia orgánica. Con el explosivo crecimiento de la vegetación de primavera y la masiva fotosíntesis, las plantas terrestres y marinas capturan grandes cantidades de CO2, por lo que a finales de verano se alcanza el mínimo anual. Es como si el planeta entero respirase.

Desde el principio, el científico norteamericano observó que la línea media entre los dientes de sierra de su gráfica no era una horizontal sino una inequívoca curva, siempre ascendente: cada año, los picos eran más y más altos. Keeling fue el primero en alertar de que la humanidad estaba contribuyendo a acelerar el ‘efecto invernadero’. Él murió en 2005, pero su hijo Ralph tomó el relevo y el 11 de mayo el Instituto Scripps anunció que una nueva plusmarca acababa de ser alcanzada.

En realidad, los récords en la ‘curva de Keeling’ no son estrictamente noticia: los registros superan cada año a los del anterior. Lo novedoso ahora es que, por primera vez, se ha superado el máximo en la historia de la Tierra. El meteorólogo Eric Holthaus lo hizo viral al ponerlo en perspectiva en un tuit: “Es la primera vez que la atmósfera de nuestro planeta ha alcanzado más de 415 ppm de CO2. No solo en la historia registrada. No solo desde la invención de la agricultura hace 10.000 años. Desde antes de que los humanos modernos existieran, hace millones de años. Nunca hemos conocido un planeta como este”.

Vuelta al cálido Plioceno

Hay que remontarse al Plioceno, hace entre 5,3 y 2,6 millones de años, para encontrar concentraciones de CO2 superiores a 400 ppm. La Tierra que vio nacer a los primeros homínidos bípedos era mucho más cálida -2 o 3 grados más-, el nivel del mar era 25 metros superior al actual, las regiones árticas estaban cubiertas de árboles y el hielo de los polos se fundía cada verano. De hecho, ese es el modelo climático al que miran los científicos cuando tratan de imaginar a dónde nos llevará el calentamiento global en las próximas décadas: más olas de calor, tormentas, sequías, tsunamis, inundaciones, tornados, incendios y enfermedades, y menos diversidad biológica, suelos fértiles y agua.

Si en el último decenio la cifra había crecido en 2,5 ppm al año, en esta ocasión lo ha hecho en 3. “Cada vez que sube así nos decimos: ‘No, esto no debería estar pasando. No es normal’. Este incremento no es sostenible”, ha dicho Keeling hijo.

No es normal, pero se ha normalizado. La preocupación por el calentamiento global comenzó en los años noventa, cuando los expertos alertaron de que una concentración de este gas por encima de 350 ppm no era “segura”. El 9 de mayo de 2013 se alcanzaron por primera vez las 400 ppm. “Que se haya superado el umbral de 415 ppm nos coloca en territorio inexplorado para la humanidad”, admitió el martes el Ministerio de Transición Ecológica.

El director del observatorio de Izaña no da mucha importancia al hecho de que el auténtico récord (416,7 ppm) se alcanzara en su estación. “Son datos provisionales y, en todo caso, la tendencia a largo plazo es la misma en todos los observatorios”, afirma.

Bajo los auspicios de Naciones Unidas, los países industrializados se comprometieron en 1997 a reducir sus emisiones de seis gases de efecto invernadero: dióxido de carbono, metano, óxido nitroso y tres gases industriales fluorados. El balance es agridulce: se alcanzó una reducción del 22% entre los firmantes, pero quedaron fuera los países en vías de desarrollo, potencias emergentes como China o India y la entonces nación más contaminante del mundo, Estados Unidos. El Acuerdo de París, suscrito por 195 países, no es vinculante. Washington, esta vez con Trump, no lo ha firmado.

El director del Centro de Investigación Atmosférica de Tenerife vaticina que la situación no va a mejorar a medio plazo. En primer lugar, recuerda, son muy pocos los países que realmente están disminuyendo sus emisiones. Y además está la inercia: los gases que causan el calentamiento global hoy, recuerda, llevan veinte o treinta años en nuestra atmósfera y ahí van a quedarse unos cuantos más. Emilio Cuevas cree que, si algún día las energías renovables consiguen imponerse por precio y disponibilidad a los combustibles fósiles, la tendencia podría, si no invertirse, al menos frenarse.

Pero ese punto de inflexión aún no ha llegado: la quema del petróleo y sus derivados por la industria, los hogares y los vehículos continúa al alza globalmente, mientras se talan millones de árboles y el fitoplancton se reduce a causa de la contaminación de los mares y el cambio climático. Es un círculo vicioso.

El físico canario no es que sea pesimista, es que tiene datos: “Si la mitad del CO2 que se produce cada año se queda en la atmósfera y la otra mitad la absorben los bosques y los océanos, para reducir la concentración habría que emitir cero. Nosotros no vamos a verlo”.

Gas de la vida

Incoloro e inocuo. El dióxido de carbono es el gas que producimos los seres vivos con la respiración, pero también lo emite a la atmósfera la putrefacción de materia orgánica o las erupciones de volcanes y géiseres. No es tóxico.

El mar, pulmón verde. La mitad de la absorción de dióxido de carbono por fotosíntesis la realiza el fitoplancton marino, por lo que los océanos son, junto a los bosques, los pulmones ‘verdes’ del planeta.

0,19 grados centígrados por década es el calentamiento estimado por los observatorios de Mauna Loa e Izaña. Desde 1900 la temperatura global ha subido un grado y, al ritmo actual, se espera que crezca medio grado más para 2040.

Los gases de España. Nuestro país se comprometió en Kioto a reducir para 2012 un 15% sus emisiones de gases de efecto invernadero, pero fracasó: ha pasado de 298 toneladas métricas en 1990, año de referencia, a 344 en 2017. Somos el país de la UE que más gases produce y más derechos de emisión compra. El Gobierno pretende reducir un tercio las emisiones para 2030 para cumplir el Acuerdo de París, que entra en vigor el año que viene.