Días de cine

H.

No hay razón aparente para sucumbir a la nostalgia, sobre todo si eres consciente de que los recuerdos son tan engañosos como las sombras de la caverna de Platón. Y, pese a ello, a veces no queda otra que rendirse a sus cantos de sirena

FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Con 15 años cumplidos (no sé por qué escribo cumplidos) me enamoré de una actriz de cine de mi edad, o un poco mayor, de nombre Alice y de nacionalidad perdida en el saco agujereado de la memoria. Me acordé el otro día, en el funeral de un querido amigo, mientras repasaba vivencias compartidas.

Conforme iban poniendo la película en las diferentes salas de la ciudad, comenzando en el centro y continuando por la periferia, así iba yo, desplazándome a rebufo del rodar de aquellas latas redondas donde anidaban las ilusiones de celuloide, siguiéndolas por todos los gallineros, los entrañables gallineros de bancas de madera, tan aupados en las alturas y tan lejos del cielo onírico, entonces, y ahora, patrimonio de la pantalla. Sólo por verla a ella, porque el argumento de unas niñas internas en un colegio, con Alice de protagonista, hasta a mí, entonces fácilmente impresionable -un entrenamiento de Osasuna era suficiente-, me parecía falto de la más mínima enjundia.

El cine, en sí mismo, tiene estas cosas: comienzas fagocitando guiones impresentables y ese enganche de un bodrio laxante te lleva a tomarle cariño a la industria y a preguntarte un día si Ciudadano Kane es apología del capitalismo o una andanada chungona fabricada por el joven Orson Welles en contra del sistema. Pero entonces yo, como ahora, sabía muy poco de las sinrazones que te inventan el amor en los adentros, aunque me aferrara a ellas con riesgo de despeñarme.

Y me despeñaba. Porque ella -¡ay!, ella- llegaba a la pantalla montada en aquel haz de luz que salía de la cabina, justamente por encima de mí, a mi espalda, hasta hacerse visible. Como era un romántico a tiempo parcial, en esos instantes me daban ganas de detener el chorro de luz con la mano y atrapar a mi diosa de fotogramas, pero en seguida me daba cuenta de que sería un intento inane y, al tiempo, peligroso porque provocaría las iras del acomodador.

¡Qué tipos entrañables, los acomodadores! No estaban muy dispuestos a templar gaitas y eran por aquellos días bastante broncos, al menos con la clientela que se alojaba en las gradas más económicas. Éramos, en fin, la clase baja subida en lo alto, espectadores nada proclives a dar propina, por mucho que el hombre invirtiera su empeño y parte de la pila en alumbrar el pasillo cuando entrabas con la sesión ya en marcha. Si hubiéramos sido gente de más posibles, nos habríamos ido al patio de butacas, no a la localidad más barata, ¿tal difícil era entenderlo?

Es verdad que, en ocasiones, pudimos darnos el gusto de alquilar butacas de patio, pero echábamos nuestras cuentas y concluíamos que, al fin, los de arriba y los de abajo veíamos la misma película y al mismo tiempo, así que ¿por qué pagar más? Pasaba como con aquellos trenes que llevaban vagones de tercera: las clases pudientes no pudieron impedir nunca que los desastrados compartimentos de madera llegasen a la estación al mismo tiempo que los de primera. Ambos ejemplos demuestran que el apartheid inducido desde arriba se quedó en muchos casos más en el continente que el contenido, loado sea el justiciero Dick Turpin.

En descargo de aquellos personajes de linterna, un tanto clasistas, conviene señalar que no faltaban espectadores crecidos en la impunidad de la oscuridad, gamberros en busca de un poco de cachondeo a su costa. Si aparecía el ínclito inaugurando un pantano, alguien gritaba: Éste va a apagar el infierno. Y otro apuntaba: P’a cuando vaya. De inmediato aparecía el acomodador con su haz inquiridor, preguntando a voz en grito quién había sido. Tu padre, gritaba alguien desde el fondo. Y ya estaba montada, unos reclamando silencio, otros riéndose y alborotando. Al final, el hombre del rayo de luz hacía mutis por el foro y volvía la tranquilidad. Hasta la próxima.

En mi historia con Alice -mía porque ella nunca lo supo- abusé de mis amigos, arrastrándolos al cine donde renacía mi sueño en cada sesión y, así, fuimos recorriendo la ciudad y su extrarradio. Tuvieron una infinita paciencia conmigo porque si yo andaba obnubilado, a ellos ni les iba ni les venía una historia próxima a la obsesión. Hasta que, poco a poco, los fui aburriendo de aquella peregrinación cinéfila y me fueron abandonando. No sólo ellos. La película dejó de interesar y un día, sin aviso alguno, me vi sin compañía alguna en el gallinero de un cine de barrio. Aquella tarde, cuando la palabra Fin apareció en la pantalla, supe captar el mensaje.

De vuelta a la ciudad en el autobús urbano me apresuré a mirar alrededor, no quería llegar a estas alturas de hoy y lamentar el tempus fugit, me negué a ser el idiota que lamenta el paso del tiempo porque no supo atraparlo en su momento, era imprescindible volver a enamorarme. Y fue entonces, a bordo de un renqueante y destartalado vehículo municipal, cuando comencé a comprender que, en asuntos de amores, no se aprende nunca.

Por eso, Alice, hoy sé qué no fue de mí. Pero ¿qué fue de ti?