“No contar siempre toda la verdad es un acto de sacrificio”

14 jun 2019 / 21:14 H.

Bassas dice que ‘Soledad’ es la novela más dura y oscura que ha escrito. Y no por contar el dolor de una madre cuya hija de 14 años aparece muerta y la amargura del policía que lo investiga

LAURA PUY MUGUIRO / DIARIO DE NAVARRA

Carlos Bassas vomitó su última novela. En cuatro meses tuvo escrita la primera versión. Hablaba de Soledad, una mujer inmigrante, violada de niña y madre de una chica de 14 años que un día aparece muerta. Hablaba Bassas de que Soledad se había convertido en un instante en la madre muerta de una niña muerta, y que el inspector Romero estaba viviendo su propio calvario tratando de descubrir la verdad. A Bassas esta novela se le cruzó como necesidad de sacar de su interior dolor, amargura y tristeza tras la muerte de su padre, volcando esos sentimientos en una historia que nada tenía que ver con él. Catalán de 45 años y en Pamplona desde hace 27, periodista de formación, guionista ocasional, profesor de escritura cuando le reclaman y “juntaletras de fortuna”, terminó exhausto y sintió alivio al acabar de escribir ‘Soledad’. “Si no lo hacía, esa tristeza iba a manchar todo lo que escribiera en el futuro, y no quería ser esclavo de ella”, dice. Nominado al Premio Hammett por su anterior novela, ‘Justo’, presenta ‘Soledad’ el miércoles en Elkar Comedias.

¿Qué le dice de ‘Soledad’ quien la ha leído?

Que sale de la lectura bastante rota. Hay quien ha debido abandonarla porque, por sus circunstancias personales, no era el momento. Conforme la gente me ha ido dando una buena respuesta, aunque dura, me he ido quedando tranquilo, ya que, cuando terminé de escribirla, me di cuenta de que probablemente era lo más duro y oscuro que había escrito, y me asusté. Además, está el uso de la segunda persona [con la madre], que interpela al lector constantemente, “tú, tú, tú”, como leer con un dedo en el ojo. Y tuve miedo de provocar rechazo, de que la novela fuera insoportable para determinada gente.

Con su novela anterior dijo haber empezado a sentirse escritor.

Con Justo quise iniciar un camino dentro del mundo de la novela negra en España que trascendiera las normas más habituales del género. En ‘Soledad’ hay una investigación policial para conocer al culpable, pero no es lo principal: me interesaban los estragos y la devastación que provoca la muerte en los familiares de la víctima y en los investigadores. Por eso la novela puede resultar tan dura: por ser de sentimientos y desesperación. Quien lea ‘Soledad’ se habrá situado en el corazón, la cabeza y las tripas de una mujer inmigrante, sola, maltratada y despreciada y a la que han arrancado la única razón que tenía para vivir, su hija de 14 años.

Ahora que habla de Soledad, ¿esta mujer debía ser así?

Quería que la situación fuera extrema. Hemos visto casos como el de Diana Quer y el de otros niños (adolescentes desaparecidos) asesinados y el doble rasero de la televisión: si eres adolescente guapa, española, de clase media-alta, tienes más posibilidades de generar simpatía en los medios de comunicación y de que alguien en un ministerio descuelgue un teléfono y presione a unos investigadores para que aceleren el caso. Si eres una mujer inmigrante que no importa a nadie, eres “Nadie”. Me planteé cómo viviría “Nadie” la muerte de su hija.

Advierte de que es una historia de muerte, culpa, soledad, dolor, vacío, miedo, odio, rabia, venganza y verdad, sentimientos y efectos, ¿con cuál se queda?

No sé... [lo piensa]. Uno de los más interesante es la verdad. Estamos acostumbrados a la frase de Jesús del Evangelio de San Juan “la verdad os hará libres”. Quise darle la vuelta: ¿nos hace libres o nos condena y calcina todo a su alrededor? Imagina una sociedad donde todo el mundo dijera la verdad. Sería inviable y acabaríamos matándonos los unos a los otros. No sé si estamos preparados para reconocer determinadas verdades. Me interesa reflexionar sobre eso. ¿Siempre es bueno querer saber? A veces no.

Y de esos sentimientos y efectos, ¿cuál erradicaría?

La culpa.

¿Por qué?

Porque nos esclaviza. Sentirnos culpables es un mecanismo incluso de control: nos esclaviza hasta el punto de arrebatarte la libertad.

¿Nos esclaviza como la verdad?

Ser un fundamentalista de la verdad es tan peligroso como ser un mentiroso compulsivo, dos extremos destructivos. Hay que saber cuándo no decir toda la verdad, por los demás. Muchas veces la decimos por puro egoísmo: necesitas confesar, sueltas una verdad, descargas y destruyes lo que tienes alrededor. ¿Merecía la pena? A veces no. Debes llevar tú esa carga porque esa cruz te corresponde a ti, no a los demás. Es un acto de sacrificio no contar toda la verdad siempre.  

Leyendo la vida de Soledad y la de Romero, ¿hay vidas que es mejor no vivirlas?

Nos toca una vida y hay que apechugar con ella y tirar para adelante. Pero tengo la sensación, a medida que he ido escribiendo, mirando a mi alrededor y cumpliendo años, que tendemos a complicarnos las cosas más de lo que deberíamos, que los únicos responsables de nuestra infelicidad somos solo nosotros. No sé si pensaré lo mismo a los 80 años.

Soledad ha leído que el alma pesa 21 gr., se pregunta por el peso de la culpa, la pena y el odio y por si tienen cura. ¿Usted lo sabe?

Si el alma pesa 21 gramos (algunos dicen que es la última exhalación y otros, la diferencia de peso entre un cuerpo vivo y un cuerpo muerto conforme el primero se deshidrata), creo que tanto el dolor como la culpa pesan toneladas. ¿Tienen cura? Tienen cuidados paliativos.  

¿Ha sentido dolor escribiendo ‘Soledad’?

Mucho. Es una novela escrita durante un proceso personal muy doloroso, la muerte de mi padre, que me hizo pasar por las fases del duelo. En cierto sentido, he volcado en ‘Soledad’ mucha de esa rabia, tristeza y dolor que tenía. No quería escribir una novela autobiográfica, sino una historia que no tuviera nada que ver con mi dolor pero donde aprovechara la herida abierta en mí para construir a los personajes, con los que he compartido la desesperación y tristeza más absolutas.

¿Y le ha ayudado?

Sí. De todas formas, hay heridas que no cicatrizan jamás y creo que no es malo que duelan: muchas veces hacen que nos conozcamos mejor, que sepamos lo que duele vivir y lo importante que es seguir adelante. Si te quedas anclado en el dolor, solo tienes una opción, quitarte de en medio.

¿Y se ha conocido mejor?

Sí. Me he atrevido a mirarme hacia adentro. Cuando uno empieza a hacerlo, comienza a ver, al menos yo, muchas cosas que no le gustan, y eso provoca angustia. Aunque es el primer paso para identificarlas y, si se quiere, empezar a cambiarlas, da vértigo aceptar que igual no eres quien creías o quien los demás creían sino muchísimo más oscuro y muchísimo menos alegre y que estás muchísimo más cabreado de lo que te gustaría reconocer.

Y muchísimo más vulnerable.

También. Me considero tremendamente tímido, pero todo el mundo tiene la sensación de lo contrario. Mi máscara externa es de extroversión total, de felicidad, de alegría, una coraza para proteger mi intimidad. Si pareces muy extrovertido, nadie quiere indagar en ciertos rincones oscuros de tu alma porque creen que eres un libro abierto. En cambio, si te encierras en ti mismo, siempre habrá alguien que aplique la tortura de la gota malaya y quiera saber y rascar esa superficie para llegar a la oscuridad. Hace tiempo que aprendí que, si no quieres que lleguen a ciertos rincones, simules que no los tienes.

No era mi intención llegar a su oscuridad...

Aprendí en cierto momento de mi vida que el mejor modo de protegerme era parecer lo contrario. Así que hay una parte de mí a la que nadie jamás accede.

¿Cómo se sintió tras ‘Soledad’?

Exhausto pero feliz: he escrito la novela que quería y mi editor me ha apoyado. Sentí alivio porque al fin la abandonaba y podía ponerme con otra. Antes de ‘Soledad’ estaba escribiendo una de aventuras, y Soledad se cruzó en mi camino como necesidad de sacar ese dolor, amargura y tristeza, necesidad incluso física. Así que paré la de aventuras, escribí ‘Soledad’, se la envié al editor, me olvidé de ella y seguí con la de aventuras. A Soledad siempre le agradeceré haberme ayudado con la rabia y el dolor que estallaron en mí con la muerte de mi padre.