El largo viaje de Woody Allen hasta su película donostiarra

13 jul 2019 / 22:02 H.

Dos conciertos, dos visitas al Zinemaldia y algún viaje privado han tejido su relación con la ciudad

ALBERTO MOYANO / COLPISA

Que Woody Allen haya acabado rodando una película en Donostia es la culminación de un largo viaje en círculos en el que diversos factores han conspirado para que el proyecto se convirtiera en realidad. Cuando el 17 de septiembre de 2004 Woody Allen se subió al escenario del Auditorio Kursaal para recoger el Premio Donostia de manos de Pedro Almodóvar, justo antes de inaugurar la 52 edición del Zinemaldia con ‘Melinda y Melinda’, cristalizaron los esfuerzos iniciados justo un año antes con una cita informal en camerinos.

A mediados de 2003, Woody Allen, que ya había ofrecido tiempo atrás algunas actuaciones sueltas en varias ciudades europeas, planeó su primera gira con su banda por el ‘viejo continente’. El responsable de programación musical de Donostia Kultura, Miguel Martín, cerró de inmediato una fecha: el 5 de septiembre. "Woody Allen llegó a Donostia como dos o tres días antes, lo cual dio lugar a un amplio anecdotario. Su banda lo hizo la víspera del concierto", recuerda el responsable del Jazzaldia.

Martín recuerda que el realizador iba acompañado de una amplia comitiva, encabezada por su hermana, Letty Aronson, responsable a todos los efectos de la empresa del cineasta. "Correcta, seria, no ponía problemas y procuraba mantener aislado a su hermano. Y cero tonterías: para pedir autógrafos, había que pasar un filtro". Más accesible se mostró la responsable de Prensa, "que venía contenta de la gira y a la que se veía encantada de estar aquí".

Por eso, cuando el entonces director del Festival de Cine, Mikel Olaciregui, le pidió a Miguel Martín que gestionara un encuentro con Woody Allen, el promotor musical supo elegir la vía adecuada. "Se dio la casualidad de que la responsable de prensa estaba casada con un director de cine interesado en estrenar su película en un festival, así que cuando se lo propuse, me lo gestionó a toda pastilla", cuenta Martín.

Resultado: el 5 de septiembre Olaciregui y Martín acceden al camerino del Kursaal donde Woody Allen hace escalas con su clarinete para calentar dedos antes del concierto. "No soltó el instrumento en ningún momento, yo creo que ni miró a Olaciregui. Mikel habló con su hermana y creo recordar que salió con una vaga promesa de que consideraría la posibilidad de estrenar su próxima película al año siguiente en el Zinemaldia".

Y así fue. Allen eligió Donostia en lugar de Venecia y el 17 de septiembre de 2004 inauguró la 52 edición con ‘Melinda y Melinda’, quizás una de sus películas menos brillantes, pero que permitió concederle uno de los tres Premios Donostia de ese año -los otros dos fueron Annette Bening y Jeff Bridges- y, de paso, dedicarle un ciclo retrospectivo. Conseguir que viniera con la película "fue una tarea de mucha insistencia, mucho trabajo y, como suele pasar en estos casos, hace falta que suene la flauta", apunta el exdirector del Zinemaldia, Mikel Olaciregui. En aquella ocasión, la sección española de la FOX convenció a la central para que el estreno mundial de ‘Melinda y Melinda’ fuera en Europa, concretamente en Donostia, a sabiendas de que sus películas obtenían una mejor recepción a este lado del Atlántico que en Estados Unidos. "En el trato es agradable, educado, aunque no es de fácil comunicación", indica Olaciregui, que años después visitó a Allen durante el rodaje de ‘Vicky Cristina Barcelona’ en la capital catalana.

De paseo por La Concha

El exdirector del Zinemaldia recuerda el rechazo de Woody Allen a pasar por túneles, hasta el punto de que la víspera del estreno de ‘Melinda y Melinda’, cuando se dirigía a comer a un restaurante en Igeldo, se dio la vuelta y junto a Soon-Yi paseó por la bahía hasta El Café de la Concha, donde comieron. Mostró su agradable sorpresa por el hecho de que las personas con las que se cruzó le reconocieron pero no le abordaron. Olaciregui se lo explicó: "No te equivoques. Si la gente entiende que estás en el espacio privado de tu tiempo de ocio no te va a molestar; ahora, si te ven en un acto público sí te abordarán. Y efectivamente, por la noche, a la salida del María Cristina en dirección al Kursaal, se armó una buena con la gente que le esperaba".

De aquella primera estancia donostiarra de Allen con motivo del concierto en el Kursaal, Martín rememora su comportamiento reservado: "’No intenten invitarle a comer -nos advirtieron-, no le interesa hacerlo fuera de su círculo. Lo considera trabajo: sólo lo hará si tiene una obligación contractual’. No era el caso, así que se fue a comer con su comitiva". En Arzak, cuenta el promotor musical donostiarra, "pidió un huevo pasado por agua y fue lo único que comió".

El 17 de septiembre de 2004, ante un público que abarrotaba el Kursaal y que le ovacionó en pie, el director de obras como ‘Manhattan’ o ‘Annie Hall’ dijo: "Cuando me dijeron en Nueva York que querían darme un homenaje por toda mi carrera pensé que no podía aceptarlo, yo no soy ni un científico ni un doctor que haya hecho nada de valor para la humanidad. Luego, sin embargo, pensé que a lo mejor sí había hecho algo, pensé que con mis películas he conseguido curar a muchos insomnes y eso es algo. Hoy les traigo aquí mi última película; si les gusta está bien pero si no les gusta no pasa nada, acabo de terminar otra".

"No solo me gustaría estrenar películas en España, sino también rodarlas"

La entrega del Premio Donostia estuvo precedida por una multitudinaria rueda de prensa. El conductor del encuentro con la prensa, Jesús Torquemada, le pregunta cuánto quiere que dure la rueda. "Cinco minutos", responde el cineasta neoyorquino, en un rapto de humor. Al final, la cosa se prolonga hasta los cincuenta minutos.

La proyección de ‘Melinda y Melinda’ concluyó de forma no prevista. Allen manifestó súbitamente su deseo de dirigirse al público y aunque no es una situación habitual, se instaló un micrófono en las butacas del público y desde allí y mientras los rótulos de crédito desfilaban aún por la pantalla, dio las gracias, presentó a los actores uno a uno y se mostró complacido por el transcurso de la velada.

Tras la gala, el cineasta y su equipo se recogieron en uno de los espacios del propio Kursaal para tomar una copa de champán. Allí firma autógrafos hasta que, agobiado por la multitud, se retira a un espacio más reducido. El entonces alcalde, Odón Elorza, no quiso molestar al director, pero la ministra de Cultura, Carmen Calvo, y la consejera Miren Azkarate sí aprovecharon para un breve encuentro. "Un hombre estupendo", comentaron al salir.

En su último día de estancia, se dedicó a las entrevista y ahí ya soltó una frase que puede ser tópica y típica, pero que el tiempo convirtió en realidad: "No sólo me gustaría estrenar películas en España, sino también rodarlas". También elogió al público donostiarra: "Fue maravilloso. Estaba un poco abrumado. Siento que es muy educado y cariñoso conmigo, pero uno no puede dejarse engañar por eso y pensar qué bueno soy. La gente quiere ser buena anfitriona". Y realizó una declaración de principios: "Tengo que decir que prefiero rodar en el extranjero, porque ha sido una fantasía de mi adolescencia. Siempre he querido ser un director extranjero".

Doble visita hace once años

Woody Allen volvió en enero de 2008 para su segundo concierto donostiarra junto a su New Orleans Jazz Band y en septiembre de ese año regresó al Zinemaldia, esta vez con motivo del estreno en España de ‘Vicky Cristina Barcelona’, que inauguraba Zabaltegi. La película venía del Festival de Cannes, en donde Allen había declarado: "Quiero volver a rodar en España. Ahora estoy acabando una película en Nueva York, y después tengo otros compromisos, pero quiero volver a rodar, ya sea en Barcelona, en Madrid, en San Sebastián o en alguna otra ciudad española. Me gustaría pasar un tiempo en una de estas ciudades con mi familia, escribir ahí un guión y luego rodarlo", dijo en una rueda de prensa.

Y hasta ahí la relación profesional de Woody Allen con Donostia, de la que ahora se escribe un nuevo y quizás más importante episodio con el rodaje de ‘Rifkin’s Festival’. El cineasta neoyorquino, que abomina de los calores veraniegos, regresó, a título privado y en compañía de Soon-Yi, en julio de hace cuatro años aprovechando una estancia de Biarritz.