El cuelgabolsos

14 jun 2019 / 21:14 H.

ISABEL GONZÁLEZ

Ayer me regalaron un cuelgabolsos. En mi cumpleaños. En una fiesta con mucha gente. Ya había desenvuelto varios regalos cuando llegué al paquete en cuestión. Le quité el papel, abrí una diminuta bolsa de terciopelo, extraje el artefacto y ahí me quedé. Mirando a los presentes con cara de imbécil y con la cosa en la mano pues no tenía ni idea de qué se trataba. Parecía un medallón, pero sin engarce. Parecía un llavero, pero no era un llavero. En esos segundos de tensión, alguien se compadeció y gritó: “Es un cuelgabolsos”. Lo cual, en vez de atenuar mi estupefacción la multiplicó por mil. ¿Un cuelgabolsos? ¿Qué demonios es un cuelgabolsos? ¿Cómo puede colgarse aquí un bolso? ¿Quién ha hablado? ¿Quién soy yo? ¿Quién es toda esta gente que me mira y que busca mi aprobación? Recibir regalos es una de las cosas más complicadas que hay en este mundo. Hacerlos tiene su aquel, pero es más fácil ya que, al fin y al cabo, el gesto de dar contiene de antemano su grado de generosidad, de bien, de amor. Recibir adecuadamente, sin embargo, exige entrenamiento. Un entrenamiento de embajador en Muguduncia del que yo carezco. De hecho, la persona que peor recibe regalos del mundo creo que es mi madre. No hay manera. Da igual lo que le lleves que siempre dirá algo: “Ese color, no sé, es muy grande, para qué te gastas, me hace daño, quédatelo tú”. Está claro que mi madre es una mujer más de dar y por otro lado, una cuenta con la ventaja de la sinceridad. Cuando aciertas con ella, los cielos se abren y un unicornio multicolor ilumina los corazones. Todavía recuerdo una caja de metal con galletas que llevaba una hermosa mujer repujada y que le encantó.

A lo que íbamos. Que ahí estaba yo, al borde del terror con esa cosa extraña en la mano denominada cuelgabolsos sin alcanzar a entender su significado. Imagina que alguien te dice: “es una taza”, y de repente, no sabes qué es una taza. Esa era mi circunstancia y traté de serenarme. Volví a mirar el extraño objeto y recabé en que lo que parecía un medallón de una sola pieza, consistía, en realidad, en una pieza sólida, plana y circular central y una especie de cinturón desplegable que lo envolvía. Tiré del cinturón, se desplegó una cadena plateada pseudorígida de tan solo cuatro eslabones curvada al extremo como la cola de un alacrán, y el misterio siguió sin aclararse. ¿He bebido demasiado? ¿Serán los nervios? ¿Habré sido abducida durante el sueño y me hallo en un planeta muy semejante a la Tierra cuya única diferencia son cosas ligeramente distintas? Ya observaba a los presentes con sospecha alienígena cuando mi mejor amiga me quitó el cuelgabolsos de la mano, plantó el medallón sobre el tablero de la mesa y la cola metálica plateada se desplegó debajo formando un gancho. ¡Cielos, yo jamás había visto nada tan hermoso, tal desarrollo del ingenio, del progreso y de la mecánica! No sé qué sintieron con el descubrimiento del fuego o la rueda, pero juro que yo me sentí igual. Maravillada. Sobrecogida. A partir de ahora, llevaré siempre bolso para transportar en él mi cuelgabolsos y en cuanto entre a un bar, lo desplegaré en la barra con toda naturalidad ante la mirada estupefacta, estoy segura, de no pocos.