Burocracia

H.

FERNANDO HERNÁNDEZ

Diario de Navarra

Saco el móvil, abro la aplicación de mi aseguradora, aprieto el autodenominado “botón de emergencias” y, antes incluso de que empiece a sonar la llamada en la cabina de algún teleoperador, me encuentro con que los 30 primeros segundos de mi llamada para informar de una avería están dedicados a informarme de las condiciones de la Ley de Protección de Datos y de que la llamada va a ser grabada. El que diseñó este protocolo dentro de la empresa y yo tenemos ideas distintas de qué es una emergencia.

Estamos rodeados de advertencias que casi siempre son superfluas, en ocasiones incomprensibles, y muchas veces inútiles. Alguien en un despacho pensó que era una buena idea que los anuncios de coches dieran información sobre el consumo y las condiciones de financiación, pero lo cierto es que los rótulos pasan a tanta velocidad y a un tamaño tan pequeño que no sirven para nada, como los avisos de que un juguete utiliza pilas. Otras veces parece que nos tratan de idiotas, como cuando aparece la advertencia de que un anuncio se ha rodado en un circuito cerrado por especialistas. Entramos en las páginas de Internet buscando el ok necesario para que desaparezca el aviso obvio de que ese sitio utiliza cookies y ni leemos las advertencias ni tenemos intención de configurarlas. Llegará el momento en el que iremos al cine y nos encontraremos con el aviso las películas son ficción, por si nos quedaba alguna duda.

Todos esos avisos responden a un objetivo esencial: que la empresa en unos casos y la administración en otros, puedan sacudirse de encima una reclamación con un “te lo dije”. Hay una historia que se cuenta, y que es posible que sea una leyenda urbana, sobre el fabricante sueco de motosierras cuyos manuales para Estados Unidos eran notablemente más grandes que los destinados a Suecia. ¿La razón? La versión americana estaba llena de avisos de sentido común, como “no intente parar la motosierra con las manos”. No incluirlos exponía a la empresa a pleitos en el caso de que algún usuario cometiera una imprudencia, como poner las manos sobre la sierra para pararla. En Suecia no era necesario incluirlos, pero no porque no hubiera suecos imprudentes: se contaba con que la vergüenza de haber cometido una estupidez impediría cualquier demanda.

La burocracia en ocasiones tiene el origen en el Estado, pero las empresas, sobre todo las más grandes, la asumen y aumentan con entusiasmo. Mientras como ciudadanos y clientes deseamos que nos simplifiquen las cosas, los gobiernos y las corporaciones nos complican la vida. El impuesto de Sucesiones, que en la mayor parte de los casos (aunque no en la suma) supone ingresos mínimos o nulos para el Gobierno foral, tiene una guía de 33 páginas. Hacer las cosas por triplicado no es un territorio exclusivo de las administraciones. Necesitaríamos otra vida si tuviéramos que leernos todas las advertencias, consejos, informaciones, garantías y demás que nos van poniendo delante. Algún día descubriremos que al asumir la letra pequeña del contrato del teléfono, la luz, el gas, el seguro o la tarjeta de crédito nos hemos comprometido a entregar nuestros fluidos vitales a la compañía, somos donantes involuntarios de órganos o hemos vendido nuestra alma a Satanás.

Y lo peor de todo es que nos dirán que es por nuestro bien.

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