Bebés al agua

H.

La natación desde los primeros meses de vida ayuda a reforzar los vínculos entre el bebé y sus progenitores. En el agua, el bebé aprende a escuchar y a observar, estimula su personalidad, mejora el desarrollo psicomotor y aumenta la capacidad pulmonar. En este reportaje, Lucas, Julen, Elaia, Oliver y Alaine, de entre 8 y 16 meses, demuestran lo que saben hacer en la piscina de Hydra Pamplona, un centro pionero que comenzó con esta actividad en 1985

IVÁN BENÍTEZ / DIARIO DE NAVARRA

Lucas tiene 10 meses de vida y acaba de salir de su última clase de natación. La sexta en dos semanas. “Y sale muerto de hambre”, sonríe su madre, Estela Valverde González, abriendo un tupper con puré de verduras. La mano derecha del pequeño se estira ansiosa en busca de la crema. “Lucas duerme fatal desde que nació y buscábamos una actividad que le ayudase a regular tanto el sueño como las comidas. Y descubrimos la natación”, detalla Valverde los motivos que les llevaron a probar esta actividad. “Al principio te da un poco de miedo. Son tan chiquititos... Temes que enfermen por una otitis o por otra cosa. Pero nada de nada. Desde el primer día nos ha encantado. La natación le ayuda a regular las comidas y el sueño. Y nos está ayudando a conocer a otras mamás y nenes”.

Julen es compañero de zambullida de Lucas. Tiene 16 meses y cada vez que ve a su madre organizar la mochila de natación, se encarama a la puerta de casa y espera atento, ilusionado. A su edad ya bucea y flota solo, tal y como se ve en esta imagen. “La piscina es su segunda casa”, ríe su madre, Cristina García Meléndez.

Oliver es otro bebé de 8 meses que acude a la piscina como el resto de compañeros tres días por semana. “Buscábamos movilidad y relacionarnos con otros niños”, dice su progenitora, Yoana Hedo Carabias. Su primera vez fue hace tres meses. “Es un bebé muy movido y despierto. En el agua consigue un mayor control del espacio”. Además, coincide con el resto de madres, “es nuestro momento. Un rato muy íntimo. De contacto. De piel con piel. Aprendemos a conocernos”.

Alaine, de 8 meses, acude a clases de natación desde los 6. “El agua y el ejercicio le ayuda para el tono muscular y la respiración. Nos ha venido bien para establecer unas rutinas más marcadas”, reconoce Itziar Jiménez Bautista. Con año de vida, Elaia Torrea Arzoz se lanza al agua desde el bordillo y bucea. Su madre, Edurne, explica que la trajeron a la piscina con 5 meses. “Por probar”.

Lucas, Julen, Elaia, Oliver y Alaine forman parte del curso de natación para bebés que se enseña desde 1985 en este centro pionero. Una época en la que se hablaba solo de esta especialidad en ciudades como Zaragoza, Madrid y Barcelona. “Entonces trataba de un adiestramiento con el que los bebés flotaban”, indica Nacho González, director técnico de Hydra de 58 años. “Al hablar del método, nos referimos a la experiencia que parte de la pedagogía tradicional de la natación a la que hemos ido incorporando otras visiones”, responde el director. “Se realiza un trabajo de acompañamiento en la que se sigue tanto el ritmo del bebé como el de los padres, adaptándonos a ellos, individualizándolo todo”, pormenoriza. Los bebés entran a clase y se sumergen en el agua siempre acompañados. Conforman dos partes. Un todo. “El carácter del acompañante es clave. Influye en el bebé. El adulto es una pieza fundamental en el funcionamiento de la clase”.

Respecto a los miedos, “los padres acuden al centro convencidos. Normalmente, buscan prevención. Seguridad. La natación ayuda a conseguir tiempo si el niño cae al agua”. Además, sigue explicando, “esta actividad es buena para el desarrollo de los bebés. Detrás hay mucho trabajo de psicomotriz y equilibrio. También aprende a gestionar el contacto con el bebé. Se estimula mucho esta relación. La actividad está muy adaptada”.

Sin duda, cada vez más el agua está más presente en la vida de los niños. “Se habla mucho de que venimos del útero de la madre, que hemos estado en un medio líquido, y que el agua nos retrotrae. Hay algo de eso y es muy bonito... Pero, ante todo, debe existir control. Los bebés necesitan su ritmo. Sin precipitarse. Cada bebé es distinto y los adultos también lo son en nuestro método”, insiste González. “Establecemos los cinco meses como edad mínima y la duración de cada clase no debe ser larga. La temperatura debe estar a 31 grados y requiere de un control exhaustivo. Trabajamos con un sistema de depuración y desinfección informatizado y vigilado 24 horas”.

Piel con piel

Lucas (10 meses) disfruta de su sexta clase de natación en la piscina de diez metros de Hydra. “Técnicamente está evolucionando muy rápido. Se queda flotando solo con los manguitos en el agua. Incluso hace inmersiones. Y cada vez que entra a clase, aplaude. ¡Es una máquina!”, describe su madre, Estela Valverde González. “Aquí disfrutamos de un tiempo de calidad. Nuestro momento. Además, duerme fatal y el agua le está ayudando a regular el sueño”.

Primera posición

Oliver (8 meses) y su madre, Yoana Hedo Carabias practican la posición dorsal y ventral a lo largo de la piscina. Este es la que menos gusta a los bebes, puesto que no escuchan. Pierden estímulos. “Oliver es especialmente movido”, describe su madre, “y como no le llevamos a la guardería, esta actividad le ayuda a socializar. Además, es un momento muy íntimo para nosotros. Aprendemos a conocernos y el agua le ayuda a dormir mejor. Sale relajado”.

Juego final

Alaine, 8 meses, se lanza con los brazos abiertos por un tobogán. En el agua le espera su madre, Itziar Jiménez Bautista. Su hija empezó con seis meses. “Es una buena actividad para el tono muscular y la respiración. A mí siempre me ha gustado la natación, por eso la traigo”, explica. Al terminar la clase, llega el momento del juego. “El objetivo es que los pequeños se vayan con buen sabor de boca para que quieran volver”, explica Mª José Ritoré, monitora.

Fuerza

Elaia se sumergió por vez primera con cinco meses de vida. “Fue por probar”, recuerda su madre Edurne Arzoz Rivas. Hoy, con un año, flota y se lanza desde el bordillo. “La primera posición que se busca es la dorsal, también localizar el bordillo y agarrarse. Luego viene la inmersión”, detalla Mª José Ritoré, monitora de actividades subacuáticas. “Lo principal es que se defiendan en el agua. Desde los seis meses se trabaja la inmersión. Buscamos una inmersión progresiva, sin miedo, con el objetivo de conseguir un control respiratorio”.

Socializar

Itziar Jiménez, Yoana Hedo, Estela Valverde y la monitora, Mª José Ritoré, juegan con los pequeños al finalizar la clase. Muchos de los bebés que acuden a natación no van a guardería y esta actividad ayuda a que socialicen con otros niños.