Algo no funciona

H.

JOSE MURUGARREN

Diario de Navarra

Algo no funciona si un trabajador que sella con cemento una puerta tiene que cubrirse el rostro para hacerlo. Algo rechina si la furgoneta en la que trasladan los escombros recogidos en el palacio de Rozalejo oculta con cartones los rótulos que identifican a la empresa. Algo no marcha si los obreros que sueldan chapas de metal al muro del gaztetxe prefieren, por miedo, no hablar con periodistas. Algo chirría cuando ‘okupas’ invaden un palacio del siglo XVIII y hay gente que aplaude. Algo no anda bien si en el momento en que la policía recupera el edificio los simpatizantes de los ‘okupas’ insultan llamando ‘fuerzas de ocupación’ a quien ha liberado de ‘okupantes’ el local.

Algo no rueda correctamente si hay políticos que aun gestionando el reparto de locales públicos dicen que entrar en un edificio para quedarse es “recuperar un espacio para la ciudadanía” y no ven que se trata de un asalto con fuerza a una propiedad colectiva. Algo debería crujir socialmente si hay jóvenes que a la hora del bocadillo y de hacer los deberes del instituto salen a difundir proclamas contra la policía cuando no a golpear con rejillas de alcantarilla la puerta que selló con hormigón el operario que se cubría el rostro. Algo no funciona si hay políticos con responsabilidades que en lugar de poner el freno y afear su comportamiento les respaldan y jalean. Algo no anda bien si nadie les ha hecho entender que no se puede invadir la propiedad pública. ¿De dónde habrán sacado que ‘okupar’ es “una forma de entender el mundo”?

Detrás de esta suma de desatinos hay grupos dispuestos a cuestionar el sistema social establecido. Y no es que eso escandalice. Discutir sobre las cosas es un sugerente ejercicio siempre, especialmente a la edad en la que armamos el mobiliario intelectual. Pero el debate debe asumir la legitimidad de principios básicos. No sirve estimular la idea de que defender el gaztetxe es respaldar a una juventud que quiere gestionar sus propios locales.

Si el Ayuntamiento quiere promover espacios para ellos, hágalo. Tiene los votos y el gobierno de la ciudad para priorizar las actuaciones que desee. Pero hágalo conforme a las leyes, el único paraguas insoslayable para todos. O cambie las leyes si lo prefiere para que todos los ciudadanos sepamos que entrar golpeando la puerta de un edificio público garantiza el derecho de uso y disfrute del local a cualquier contribuyente que tenga una maza a la puerta de un palacio público apetecible. Lo que no sirve es esta peculiar manera de gestionar.

Hoy se franquea la puerta para que entren los ‘okupas’. Mañana se les saca y la policía custodia el edificio, y en ocasiones, interviene. Entonces, quienes posibilitaron este juego de entradas y salidas y de alquiler sin renta de los ‘okupas’, se lamentan de que los hayan echado, de que haya habido policía, de que los bares y comercios pierdan ventas, del ambiente tenso del casco viejo que provoca la presencia de antidisturbios sobre los que ellos tienen gobierno y mando y reclaman, con cara de disgusto, que la ‘okupación’ se incorpore a la relación de derechos humanos de la declaración universal. Si los ‘okupas’ entran o salen, si se envía o no policía, si se sella la puerta del inmueble, si se pega con hormigón o se fijan chapas metálicas, si hay paz o tensión, si repercute en las ventas del comercio y la hostelería, la responsabilidad es suya. Hasta para hacer la revolución hay un procedimiento.

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