A un pelo del apocalipsis

H.

ANNE RADJASSAMY / DIARIO DE NAVARRA

Cuando una persona se instala en una ciudad nueva tiene que volver a encontrar sus marcas de identidad. La falta de puntos de referencia nos hace más extranjeros todavía. Llega el momento en el que es importante sentirse parte de algo, de un entorno, de unas calles. Necesitamos pertenecer a una minicomunidad. Y Pamplona es una ciudad con muchas comunidades distintas. Una ciudad fragmentada por sus costumbres.

¿De qué colegio eres? ¿Dónde vives? ¿De qué quinta eres? ¿A qué piscina vas? ¿Tienes peña? Y entre la mujeres existe otra variable: ¿a qué peluquería vas?

Yo no formo parte de ninguna comunidad porque todavía estoy buscando el sitio que me corresponde. Y la peluquería es mi principal problema porque cambio de salón a cada corte. Voy muy poco a la peluquería porque lo odio, es un momento de tensión en el que siento que me están engañando.

No tengo una peluquería de referencia porque todas me han fallado. Todas menos una. Una peluquería china con una eficacia asiática sin igual. La semana pasada, cuando iba a hacerme el corte anual, descubrí con estupefacción que habían cerrado. Adiós, pelo perfecto. Hola, caos capilar. Llamé a una amiga para pedirle consejos y me dijo que tenía que ir a las ocho de la mañana a hacer cola en un salón al que iba ella. Me negué. No iba a esperar desde la (casi) madrugada para un simple corte de pelo. Decidí ir a una nueva peluquería del casco viejo.

La puerta pesada del salón fue la metáfora perfecta del momento que iba a pasar allí. Una pesadez. Al entrar, me di cuenta de que había más peluqueros que pelos en mi cabeza. Pensé que no iba a esperar mucho pero me sentaron en un sofá de vinilo rojo resbaladizo y me indicaron dónde estaban las revistas, esas en las que las modelos y las familias adineradas cuentan sus dramas personales. Fascinante. Cuando pensaba haber visto todo, di con una portada de revista que anunciaba una entrevista al futbolista Karim Benzema. ¿Dónde me había metido?

Mientras esperaba a que me atendieran, admiré el trabajo de los peluqueros con otras clientas. Los botes de tinte granate eran los más solicitados. Nunca he entendido la afición por este color o por el morado oscuro en Navarra. Pasados los cincuenta años, parece que las mujeres tienen la obligación de untarse el cuero cabelludo de color berenjena o remolacha. Terrorífico. Los peinados debieron darme el empujón definitivo para salir corriendo de ese sitio. Todas las señoras se iban de la peluquería con un casco de laca y la marca del cepillo redondo en el pelo. Pero soy muy tenaz y me quedé. Tras 45 minutos de espera, llegó mi turno y me mandaron a por una bata. Nunca sé en qué sentido tengo que ponérmela: como una chaqueta o como una bata de cirujano. Opté por la opción quirúrgica y, obviamente, era por el otro lado.

Una de las peluqueras me pidió que me sentara en el sillón del lavacabezas. Más incertidumbre: nunca sé en qué momento me pondrán la toalla en los hombros y me quedo a medias, medio sentada, medio tumbada.

- ¿Qué tal la temperatura del agua?

- Muy bien, gracias.

No me atrevo nunca a decir si el agua me quema la cabeza o me hace daño el bordillo del lavacabezas. La peluquera me estaba lavando el pelo con un agua a 50 grados y se aprovechó de este momento de debilidad para hacerme la pregunta del millón (literalmente): “¿Te pongo un champú hidratante?”. Todos sabemos que ese champú procede de una tienda mayorista y, también, que las peluquerías lo cobran a precio de oro líquido. Me armé del poco valor que me quedaba y le dije que bastaría con un champú normal pero la muy experta volvió a la carga con una mascarilla de aloe vera con ginseng, guaraná y aguacate. No podía reducir mis esfuerzos a la nada, así que me mantuve firme y, con un “no, pero muchas gracias”, intenté quedar bien. Seguramente, quedé como una tacaña.

Tras haber intentado venderme medio salón, la peluquera pasó al corte. Como vi que era la becaria, hice lo que todo el mundo hubiera hecho: decirle que no me cortase mucho. Y decidió cortarme las puntas y unas capas rectas como un aizkolari un tronco. Cuando le pedí arreglarme el mechón frontal, decidió hacerme un seudo-flequillo-cortina. Me odiaba y lo expresó con su arte. Si no, no me explico este estropicio. Cuando me propuso secar y peinarme, me vino el recuerdo de las señoras lacadas y elegí pagar e irme.

Una vez en la calle, podía respirar hondo y relajarme después de que el masaje de cabeza no lo consiguiera. Después de hora y media en el salón tenía el pelo mojado (me parecía a Camarón de la Isla), el seudo-flequillo-cortina me tapaba la vista y las capas-hachazos no me permitían hacer el moño de la vergüenza.

Odio ir a la peluquería. Odio, todavía más, salir de la peluquería. No me gusta el color remolacha cocida y sigo sin formar parte de ninguna comunidad capilar digna. Algo me dice que a este paso...

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